UNIVERSIDAD PÚBLICA

EL OCIO RESPLANDECIENTE DE LAS UNIVERSIDADES

Posted in gestión, universidades chilenas by jgtejeda on noviembre 9, 2011

Lo más bonito de la universidad es que sea un espacio un poco ocioso y abierto, donde se pierde –o se gana– mucho el tiempo. En ese mundo podemos tratar con gente de diversas generaciones, y en cambio no hay ni verdades absolutas ni doctrinas oficiales.

De mi paso como estudiante universitario recuerdo sobre todo la conversación, las experiencias, la gente que conocí, los maestros o compañeros o afectos que tuve, y sobre todo el proceso mediante el cual fui descubriendo o potenciando capas hasta entonces inactivas de mí mismo. Entendemos así la dimensión del conocimiento y qué lugar modesto ocupamos en él.

Me tocó pasar exitosa o fracasadamente por cuatro facultades de tres universidades distintas, dos de ellas públicas. Estudié (es un decir) Arquitectura en la Universidad Católica, apenas unos meses; Filosofía –dos años de bruma– en el glorioso Instituto Pedagógico, Bellas Artes completa en la Universidad de Chile y finalmente un año y medio de Arte en la Escuela de Sant Jordi, en la Universidad de Barcelona, donde poco aporté y se me olvidó casi todo.

Siempre me ha gustado medir mis fuerzas, sentirme vivo y renovado en algo, acogido por una red de personas y situaciones, navegar en una ola de cambio durante meses o años, y cuando el ambiente se marchita pasar a otra cosa, aunque conserve algunas de esas relaciones para el resto de mi vida. No creo que a un libro haya que leerle todos los capítulos ni que a una carrera haya que seguirle todos los ramos, en una buena fiesta basta con haber estado un rato. Las experiencias desarrollan su curva natural, que es la que vale y está viva, lo demás son burocracias, alimentadas por la expectativa ilusoria de que las cosas en la vida “se completan”. La verdad es que vamos haciendo la vida día a día hasta que simplemente se extingue sin que sepamos por qué.

Más cómodo me sentido habitualmente en las universidades públicas, algo desorganizadas e indiferentes aunque dotadas de espesor geológico, y donde por suerte no existe un modelo humano al que uno debiera parecerse. No hay allí de esas misses sonriendo de mentira que llegan con una carpeta de apuntes y una polera institucional, a darte la línea. Lo bonito es que cada profesor o profesora hable desde su experiencia, desde su mirada fragmentada y subjetiva, desde sus dolores y sus firmezas, que algunos de ellos aparezcan poco en clase, que otro regale las notas y el de más allá sea estrictísimo (anal, casi) para los promedios. Finalmente es uno mismo, quien estudia, no unos burócratas de la secretaría de estudios, quien irá haciendo la síntesis de todo ello, si es que está en el momento para hacerla.

Dentro de las universidades de hoy se ha colado con fuerza la política anglosajona de los indicadores, es decir de que todo lo que ocurre debe llevar notas, si no es como si no existiera. No nos parece que los anglosajones sean más felices con su exitismo, su paranoia y su presunta objetividad, pero los imitamos. Las evaluaciones docentes tienden a ecualizar a los profes: hay que ser amable con todos, llegar a la hora, ponderado con las notas, no emitir opiniones con vehemencia, etc. Se cuantifican también las publicaciones, la asistencia a reuniones, la asistencia a congresos, etc. Y vamos juntando puntos, como en los supermercados.

Está bien un poco de accountability, pero no hay que exagerar. Yo prefiero a un profesor sin doctorado que tenga conversación, testimonio de vida y cabeza propia que a un metodólogo con mucho paper y abstract y journal que no son leídos por nadie. O a alguien de modales rudos pero con el corazón palpitante. En el mundo de las evaluaciones estandarizadas no hay nada que palpite. Y aprendemos también de los estudiantes, de los colegas, del ambiente, de todo un poco, sin necesidad de notas.

Pero desgraciadamente, sentencian estos nuevos liquidadores de la universidad, lo que cuentan son los indicadores, y vamos a por ellos cueste lo que cueste, porque las buenas evaluaciones son finalmente más dinero, más recursos. El acento en los indicadores, sin embargo, delata la ausencia de sustancia, y es que mientras más ponemos la cabeza en las notas o en los rankings menos nos concentramos en nuestro propio movimiento, en las redes reales que estamos creando, en la emoción vital de la cosa.

Hoy, según estándares internacionales, una revista académica será “mejor” si cuenta con un mayor número de artículos rechazados por el comité editor (si rechazan mucho es que los que se publican son muy buenos, cosa que no está nada demostrada), o si genera más citaciones, aunque se trate de citaciones hechas por cabezas serviles en revistas feas y muertas que se acumulan en bibliotecas a las que nadie va.

Yo creo en las revistas con glamour, en los artículos desafiantes o deslumbrantes, en el estilo, en la forma, en la belleza menos que en el rating, y quizá más en los blogs o en facebook o en las conversaciones de pasillo. Un día de estos van a suprimir los pasillos para que los académicos y sus ayudantes puedan estar siempre inclinados sobre sus computadores redactando más y más papers de feo estilo que no hacen felices a nadie pero que suben indicadores, oh miserables comerciantes del conocimiento: ahí hay un tipo de lucro perverso que no ha sido debidamente señalado, una reducción de la libertad universitaria a la dictadura tonta que hasta ahora ha sido propia de los colegios y las oficinas.

A los griegos les gustaba identificar lo bueno con lo bello. No puede ser buena una manera de hacer universidad que resulta finalmente fea, con espacios poco atractivos, académicos o académicas nerds y estudiantes mamones, por mucho que consigan indicadores buenos y gran cantidad de estrellitas. He ido a veces a esos congresos internacionales de académicos, y no sé, les falta glamour. Tanto libro no puede hacer bien, aparte de que los libros, que tienen su belleza, ya no corren, porque la gente ha pasado de estudiar en fotocopias a los pdfs, de la antigua clase magistral a las prsentaciones Power Point, y yo creo que tanta cosa de esa nubla la vista y deteriora la piel. La mitad de la actividad de un académico termina siendo el llenado de formularios.

Toda esta lógica empezó en los ochenta con Reagan y la señora Thatcher, y situó al financiamiento o desfinanciamiento o autofinanciamiento de las universidades como la sala de máquinas de la educación superior, como si financiar algo constituyera su núcleo existencial. Y así, mientras antes los que hacían la universidad eran humanistas sin prisa, hoy son economistas. Interesan más las cifras que las personas, más las estadísticas que los ambientes.

Yo celebro, por eso, a estos estudiantes inflamados que están atacando la industria de la enseñanza y se niegan a ir a clases. Aprender es también cumplir hazañas, y ellos las están haciendo. Lo que no quita que cuando la hazaña adquiere modalidades incendiarias sea preciso poner un freno, porque hasta las insurrecciones tienen sus protocolos republicanos, su sentido común. Sólo me pregunto a veces si quizá parte de este movimiento que remece al país no será un alegato de clientes insatisfechos, que quieren más educación estandarizada, y finalmente menos libertad, menos espacios para el aprendizaje creativo y humanista, más indicadores, más títulos de mercado, más universidad vacía, más esclavitud. No sé si al final de este movimiento vamos a humanizar las condiciones del aprendizaje, o entraremos a darle a todos, no sólo a los privilegiados, un sistema de enseñanza que desconfía de las personas y adora servilmente a los indicadores.

La universidad para todos, industrializada, ha terminado por difuminar las bellezas clásicas de lo universitario, y lo que nos ofrece hoy es bastante chatarriento, un poco en la línea de diferencia que puede haber entre un McDonald’s y un restaurante francés de toda la vida. O sea que ha llegado a ser para todos, pero ya no es universidad. Y a lo mejor me van a criticar por elitista, pero yo estoy convencido de que la universidad está hecha para los espíritus inquietos, para los que quieren entender y buscar, no para quienes necesitan validarse con un título profesional. Para eso están los institutos profesionales, los colleges, los politécnicos, que pueden ser de gran calidad pero donde más que las preguntas abundan las respuestas. En Chile le están llamando generosamente “universidad” a cualquier cosa. Muchos de los estudiantes de las universidades actuales desean sólo su nota, su título profesional, y que no les compliquen la cabeza. Después, a por el postgrado infinito, o a un trabajo rentable y odioso. Son en gran parte clientes. A Sócrates le hubieran dado su ración de cicuta y a Jesús su corona de espinas y su cruz, por haber respondido vagamente con preguntas o con parábolas y no en planillas excel.

Pues bien, para mí que las universidades, como el jardín de Epicuro, son para los chalados, para ese momento de la juventud en que estamos en plenitud de nuestras fuerzas pero desorientados y confusos. Y lógicamente, como suele ocurrir en las buenas universidades públicas, lo que corresponde es que tengan acceso todos aquellos con reales afinidades con el jardín del saber, sin que el origen socioeconómico, o la manera de pensar o de sentir vayan a ser una limitante. Pero eso nos retrotrae a perversiones e inequidades del sistema educacional chileno en general, como que a los niños de tres años ya los están punceteando con haciendo exámenes de admisión en esos colegios nauseabundos de curas o con nombre inglés y misses de apellido Ramírez o Quintana, con todo el hispánico respeto que merecen estos apellidos. Y ojo, no son estas prácticas una perversión de la autoridad sola, que en ella participan con mucho entusiasmo los curas, los profesores, las familias…

Puedo jurar y mostrar por el testimonio de mi vida que la equidad es para mí un valor y que detesto la segregación, pero prefiero a la universidad como un espacio soleado para pocos, para espíritus confusos en un ambiente de conversación y de experiencias, que como un ascensor operativo para trepar por la escala social y acceder al kit de la modernidad global, o sea un auto, una casa, un par de matrimonios fracasados, una educación arribista para los niños, unas vacaciones con avión, un computador y un iphone, un asilo de ancianos para sacar de circulación a los abuelos, y una muerte asistida por un buen seguro médico.

El conocimiento tiene un flanco de certezas y otro de incertidumbres, y la universidad se hace de ambos. No es posible aspirar a tener sólo certezas, porque ello diluye la identidad de lo universitario. No sé si he desarrollado bien estos argumentos…

La idea también anglosajona del fair play ha sido otro elemento destructor, ya que ha instalado prácticas nacidas de la convicción no comprobada de que en el mundo del conocimiento lo que cuentan son las reglas y métodos de evaluación. O sea que se gasta mucha energía en saber si la nota fue justa o no, cuando la nota es siempre basura, externalidad, residuo. ¿Qué importa que una basura sea justa o no justa? La judicialización del aprendizaje es una lesera. Aprendemos no para dar pruebas, sino para dominar algo que nos interesa. Los niños no aprenden a hablar para sacarse una buena nota sino para comunicarse. No comen para que les den un premio sino porque tienen ganas. El fair play excluye los afectos, pone bajo sospecha las afinidades electivas de las personas, y supone un ambiente artificial neutro dentro del cual operaría eficazmente la justicia pedagógica. A mi juicio este sistema mata la dialéctica humana que es indipensable en todo aprendizaje. En un mundo de plástico sin emociones aprendemos, quizá, pero sólo aprendemos cosas desagradables.

Reemplazar la compleja y dialéctica experiencia del aprendizaje por sus evaluaciones es una traición a la naturaleza de los seres humanos. Somo seres orgánicos que cada día aprendemos, cada cual a su modo, y lo hacemos durante toda la vida, sin necesidad de notas, en momentos que casi nunca ocurren en una sala de clases o estudiando para una prueba. Aprendemos mirando, escuchando, viviendo, cayéndonos, imitando a quienes queremos. ¿Por qué desconfiar tanto de nuestra propia condición humana? ¿Qué sentido tiene neutralizar artificialmente el aprendizaje? Es lógico que los jóvenes se resistan a aprender aquello que no necesitan y que no sienten como querible. Y es cada persona la que sabe mejor que nadie qué le sirve y qué no le sirve.

La falta de respeto por las inquietudes y curiosidades naturales de los jóvenes, por sus afectos, es una de las señas de identidad de un sistema educacional, el occidental, que le da la espalda a la realidad y según todos los datos disponibles está fracasando. Mientras más recursos se meten en el sistema, peores son los resultados: es que lo malo es la lógica del sistema, no su cobertura a medias. No se trata de más cosas. Se trata de qué cosas. Y esas cosas no están afuera de las personas, son más bien relaciones o acciones que los jóvenes emprenden autónomamente en determinados ambientes, dede luego no siempre en al ambiente educacional, que se aprende mucho en la calle o en la casa. Desgraciadamente la casa ha ido desapareciendo, se trata hoy apenas de una cocina y unas camas con televisor, es decir un alojamiento. Pasa un poco en todo, hay como un apartheid de las diversas dimensiones del ser humano, en circunstancias de que nos educamos no necesariamente en el colegio o en la universidad sino en cualquier parte que estemos, y nos enfermamos o sanamos no exclusivamente en los hospitales, y nos divertimos quizá durmiendo, o en el trabajo, o en una fiesta, o en cualquier parte. Mientras más se segrega y se desintegra el mundo de aprendizaje del resto de la vida, peores serán los resultados.

Nadie se acuerda de preguntar a los que aprenden qué quieren aprender. Cunde el temor a la realidad, a la libertad, al libre flujo de las potencialidades de las personas, y todo ello es reemplazado por una malla curricular siempre estandarizada y obsoleta, por unos ramos inútiles, por unos protocolos vacíos y pomposos, por roles rígidos.

¡Dejemos que la universidad sea un espacio donde cada cual construya su aprendizaje! Tengamos a disposición de los jóvenes las herramientas que necesitan. Olvidémonos de los fracasados rayos lásers que en cinco años van a conseguir que los estudiantes adquieran tales o cuales competencias. El viaje del aprendizaje nos dura toda la vida, y a medida que avanzamos vamos cambiando de meta. La tranquilidad de definir previamente las metas y aplicar luego las metodologías para conseguirlas es una tranquilidad irreal, que se aplica de modo autoritario y burocrático precisamente porque no es real, y que deja fuera del sistema las energías creadoras más potentes de las personas. Construir universidades así es destruirlas.

El neoliberalismo, que se ha ganado mala fama por su ciega desconsideración hacia las personas, ha traído también algunas ventajas, sé que es inadecuado hablar de ellas, pero puede ser útil. Por ejemplo el hecho de que las cosas existan y se validen por sus audiencias, no por los controles estatales, produce inequidades, pero también elimina a los intermediarios y a los burócratas. Los flujos libres de dinero generan distorsiones, pero nos permiten también una vida más tranquila, con menos contadores, menos ventanillas, menos formularios. El capitalismo no todas las veces es malo. Como señalaba Andy Warhol, por más dinero que tenga un multimillonario no puede comprarse una Coca-Cola más cara que la que está tomando el mendigo de la esquina. La ceguera de muchos intelectuales a las dinámicas del contexto y la aplicación testimonial de etiquetados morales o ideológicos no ayuda ciertamente a hacer mejores a las universidades.

La globalización, con sus cargas y amenazas, nos lleva a pensar nuevos modos del espacio público, nuevas formas de organización política. Las grandes empresas hace rato que prescindieron del estado y de los espacios físicos concretos, operan ágilmente mediante flujos globales y moviéndose mucho. Cosa parecida ocurre con los indignados o las ONG, que prefieren aparecer y desaparecer aquí y allá al margen de partidos políticos o de los programas y estrategias parlamentarias. Las universidades, en este contexto, y especialmente las públicas, siguen atadas al siglo 19, a la cuadrícula urbana racionalista, a las notas, a los exámenes, con el agravante de queh hoy se diviniza a las evaluaciones estandarizadas. Hacen falta falta quizá más liberalización, menos certificados, no tantas ceremonias absurdas. Una mirada más digital, más abierta y dinámica, en red. No hay por qué tenerle miedo al conocimiento, no pasa nada si jugamos libremente con él, que así es como aprenden los niños y así es como de adultos aprendemos lo que más nos sirve para la vida. Casi todo los datos que manejaban antes los profesores en exclusiva flotan hoy autónomamente en google. Más que apretar los músculos, poner muchas pruebas y exámenes o levantarse a horas que el cuerpo nos pide seguir durmiendo, la adquisición de conocimientos depende de la vitalidad y de la libertad, de la propia identidad, de los riesgos, del ocio, de la buena compañía, de nuestras capacidades de integrar, de que hagamos las cosas desde la verdad y no envueltos en una espiral de simulaciones y eufemismos.

Puede que la universidad, en la forma en que la hemos conocido hasta ahora, esté llegando a su fin, por mucho que se renueven los edificios y aumente exponencialmente la matrícula. Se la ve militarmente ocupada por una nube de economistas y de burócratas empeñados en hacer de los indicadores abstractos su sentido último, apoyados todos ellos por una clientela estudiantil indignada o pasiva que busca un diploma a cambio de las menores complicaciones posibles. A la sociedad le parece tranquilizador que los jóvenes se sumerjan durante cinco o más años en unos estudios de lo que sea, porque eso los saca de la calle, de la cesantía o de quizá qué otras barbaridades. Todo lo cual siendo entendible y explicable, nada tiene que ver con el cultivo abierto y complejo del saber.

Entretanto, quizá, los espíritus libres no necesiten ya ni de la biblioteca ni del aula para conservar el conocimiento, para generarlo o difundirlo, porque para eso están los nuevos espacios digitales, las redes, los flujos, las empresas, los circuitos culturales, quizá algunos jardines voladores o galpones privados. Allí encontrarán la confianza, la libertad, los cruces afectivos, el estímulo intelectual y el ocio luminoso que acompañan habitualmente a la creación.

hoy, en El Mostrador

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UNIVERSIDADES POPULARES

Posted in Uncategorized by jgtejeda on octubre 12, 2011

El movimiento por la educación pública, que me cae muy bien, se me ha ido haciendo un poco antipático últimamente, y me pregunto por qué. Quizá el hecho central sea que en mi Facultad estamos desde hace cuatro meses en toma.

Para mí que cuando en una universidad pública empieza la toma, en ese instante queda suspendido el pluralismo. No pueden coexistir ambos, son incompatibles. La Universidad de Chile es una construcción republicana, y sus pilares son la equidad, la diversidad de identidades y opiniones, el sentido de colaboración con el país y la complejidad del conocimiento, todo ello garantizado por un gobierno institucional participativo y al mismo tiempo jerarquizado. Pero estos principios han quedado atrás, y lo que hemos vivido los académicos, estudiantes y funcionarios durante las movilizaciones ha sido el deslizamiento de una universidad republicana a una universidad popular.

Las universidades populares nacieron a fines del siglo pasado en Francia y fueron imitadas en España y en muchos otros países. Eran organizaciones que no estaban dentro de las universidades tradicionales, y que se habían propuesto llevar la cultura a los trabajadores, vecinos y gente que no lograba llegar a la universidad, casi siempre muy elitista y al servicio de los más poderosos. La universidad popular es a la vez un instrumento de difusión del saber y una herramienta de concientización, de lucha en contra del capitalismo.

Este molde es el que opera hoy en nuestros recintos tomados o en paro indefinido no negociable. Pero desgraciadamente los huertos orgánicos, los charangos del Quilapayún o las charlas del profesor Gabriel Salazar no vienen a complementar a la tradicional universidad republicana, sino a reemplazarla: en ello radica el vértigo de la situación. La ocupación de los recintos y la intervención de los calendarios académicos han significado en la práctica que las autoridades universitarias queden apartadas del poder real y se contenten ahora con desempeñar un poder nominal, un poco a la manera de los presidentes y parlamentarios de las democracias populares, donde quien manda de verdad no es el que firma los papeles.

Y me refiero a las democracias populares, a las repúblicas populares, o sea países que son o fueron comunistas, porque muchos de los mecanismos operativos de la universidad en toma están calcados de allí: marchas, asambleas, plebiscitos, declaraciones colectivas, todo un movimiento que en la parte frontal se despliega como una magnífica movilización en contra de los poderosos de siempre, y que en la periferia o en los detalles traseros deja ver unos dispositivos menos gratos: control de puertas, compadres enojados, funas, tendencia a la opinión única, autogestión en los asuntos de orden público, capuchas, barricadas, desolación de los espacios, fortalecimiento de una nueva autoridad que sin dar mucho la cara va tomando el lugar de la anterior. La toma es un poco injusta –reconocen algunos estudiantes con las pupilas encendidas– pero es la única manera de que el poder nos escuche.

Hace unas décadas me tocó vivir casi medio año en una república socialista de verdad, una democracia popular centroeuropea, hermoso país. Agradezco de corazón el que me hayan ayudado en tiempos de aflicción, pero no puedo olvidar mi experiencia de desencanto con el socialismo real. Aquello era, banderas más o ideales menos, una dictadura, y las dictaduras, aunque sean del proletariado, no sólo son catetes y latosas, muy humillantes, sino también peligrosas. O se traga uno las consignas y se va deprimiendo, o alega y se convierte en enemigo del sistema, con las consecuencias fáciles de prever.

La lógica del amigo-enemigo, ya lo hizo notar Eduardo Sabrovsky hace unos días en uno de sus artículos, supone una atroz simplificación. Todo con la revolución, nada contra la revolución, anunciaba por su parte Fidel, sin aclarar jamás qué era exactamente la revolución, con lo cual quedaba cada cual expuesto a lo que de modo caprichoso dispusiera día a día el Comandante.

Hoy vemos que todo el país está alineado con el movimiento por la educación pública y nadie en su contra, por lo que ya tenemos a una larga fila de personas, yo mismo en este artículo, proclamando antes que cualquier otra cosa su fidelidad al movimiento, no sea cosa que se nos complique la vida.

A la gente le gusta que las universidades se transformen en populares. Hay en este país tanto abuso instalado, tanta injusticia, tanta entrega al neoliberalismo extremo, que todo el mundo quiere creer en lo popular. Por eso es que cuando vemos a unos carabineros golpear a los jóvenes nos enfurecemos con los carabineros, y cuando es al revés, que son los cabros los que aporrean al paco, igual nos enojamos con los carabineros. Periodistas, jueces y vecinas disfrutan de la suave brisa de la libertad, y la impulsan. Los claustros académicos están también por lo popular, como corresponde.

El planeta vive hoy globalmente tiempos inquietos. La revolución digital está llegando a la política, a la vida ciudadana. Nuestros antiguos sistemas presidenciales o parlamentarios no logran hacerse cargo de la situación. El poder se ha movido, no está ya donde creía Piñera, en el sillón presidencial, y opera por ahora sin reglamentos. Y aparte de ello los chilenos vivimos el fraude del sistema binominal, que apaga todo deseo de estar en el sistema.  Nuestro actual gobierno no es para nada una guía moral, y la oposición tampoco. Carecen de aura. En este ambiente, saludamos con entusiasmo a la insurrección estudiantil chilena, y los aplausos llegan desde todas partes del mundo.

Los estudiantes han traído la festividad vital y el despliegue digital a la protesta, han levantado un desafío político imposible de esquivar, y esa ha sido su genialidad. La causa popular, sin embargo, sigue operando con el bagaje ideológico de la izquierda de siempre, tantas veces derrotada o si no vencedora con un producto finalmente más amargo que aquello que criticaba. La lucha en contra de la injusticia no ha logrado hacer suyos los valores democráticos, quizá porque se alimenta primariamente de una visión negativa de la condición humana según la cual o te aplastan o debes aplastar a los demás. En esa lógica de lucha libre ni la democracia ni el pluralismo tienen mucho sentido.

Es así que la universidad popular, amarrada operativamente a la izquierda vintage con su lógica de ocupación progresiva de espacios y posiciones de poder, supone que quienes le hacen resistencia no son discrepantes, sino enemigos. Es una manera muy latosa de funcionar. Los burgueses no tienen cabida en ella, ni los conservadores, ni los tibios, ni las almas poéticas o galácticas, ni el sentido del humor. Son mirados con sospecha los que se restan de los huertos orgánicos ejemplares, de los talleres de volantines o de los conversatorios en los cuales el sólo hecho de asistir significa cuadrarse de antemano con las conclusiones.

Pero aparte de enfrentar cotidianamente al enemigo interno, las universidades populares, como las democracias populares, necesitan derrotar al enemigo externo. Las redes sociales ayudan ahora a conseguir apoyos dentro y fuera del país. El movimiento, para no detenerse y morir, debe expandirse, convocando marchas cada vez más contundentes, y desafiando de modo crecientemente frontal a los poderes políticos y económicos. Camila Vallejo ha anunciado ya que esta es una lucha de varios años. Arturo Martínez declara que su meta es sacar a la derecha neoliberal y autoritaria del palacio de la Moneda. Un dirigente del norte ha llamado a los estudiantes a radicalizar la movilización y prepararse para tiempos difíciles.

La historia reciente nos advierte, sin embargo, que cada vez que la lógica simplificada de amigos y enemigos se apodera de la vida política y social, las sociedades ingresan en un torbellino emocional y noticioso que termina finalmente o en una guerra, o en una dictadura, o en ambas. Rara vez los caídos o humillados son los poderosos de siempre.

En las universidades populares que reemplazan hoy a las universidades públicas los carabineros no entran, y donde los carabineros no llegan florece naturalmente la capucha. No existe jamás un espacio sin alguien o algo a cargo del garrote, el cual se administra más o menos conforme a la ley o si no de cualquier manera, arbitrariamente. Como bien saben explicar los antropólogos, la tribu humana necesita siempre de un sistema de orden, y cuando el que había no opera viene otro a desempeñar su rol.

Las autoridades universitarias perdieron hace rato el control del llavero y del calendario, y se han avenido a considerar como verdadera la paradoja matemática de que un semestre no tiene, como podría creer cualquier lego, 24 semanas, ni tampoco 18 como sostienen habitualmente las universidades, sino 12 como han dispuesto los sindicatos estudiantiles. De la calidad nadie se acuerda al hacer estas mariguanzas. Los Consejos de distinto nivel se reúnen ceremoniosamente para ratificar con mucha acuciosidad administrativa lo que van disponiendo las asambleas mediante megáfonos y plebiscitos. Los reglamentos existentes son letra muerta, o letra comestible. Los académicos vagamos por ahí sin que nadie nos pesque salvo para reuniones y trámites un poco ficcionales donde lo más prudente, en general, es estar de acuerdo sin por ello renunciar a una digna expresión de distancia en el rostro. Y a ver en qué mes o semestre, oh modesta condición de los asalariados, dejarán de pagarnos el sueldo, que los profes a honorarios ya están con dificultades. Cientos de alumnos, especialmente de altos puntajes, están emigrando hacia universidades privadas. Como bien decía un delegado estudiantil en una de las reuniones del Consejo de Pregrado de mi Facultad, lo que se está buscando es reventar el sistema.

Del mismo modo que las repúblicas populares en su tiempo, las universidades populares se cuidan ante todo de controlar la puerta, el recinto y el calendario de actividades, o sea un poco el ministerio del interior, el dispositivo de seguridad. Respecto de la economía, y siguiendo también a ese tipo de países, da un poco igual. Y lo académico, bueno, eso siempre es conversable.

Rectores y decanos sacan cuentas afligidas porque saben que el sistema de universidades públicas chilenas depende de flujos de caja que, diversamente a lo que ha ocurrido con largos paros universitarios en México o en Argentina, no están garantizados por el Estado, sino por los pagos de las familias, que están comenzando a mermar. Del mismo modo, están conscientes de que perder masivamente el año o un semestre hará imposible atender a la vez a esos repitentes y a las cohortes del próximo año, lo que para mi universidad representaría un menor ingreso de aproximadamente 15 mil millones de pesos al año, menor ingreso que se prolongaría en el tiempo durante unos cinco años, un hoyo de unos setenta mil millones. Ello puede llevar al default. Una quiebra que no lamentarían mucho ni el gobierno, emocional y socialmente ligado a las universidades privadas o católicas y ciego en su mirada al futuro, ni tampoco el movimiento estudiantil, que se siente más cerca de la universidad popular que de la aporreada universidad republicana. Es más fácil, pues, degradar los semestres y aprobar los ramos por secretaría.

Al final, si hay suerte, tendremos universidad gratuita, pero de carácter popular, orientada a sectores con menos recursos, en tanto que la gente más acomodada se formará en planteles privados, flotando con elegancia en los veloces flujos y redes del capitalismo globalizado, en la galaxia del éxito y los edificios de cristal, muy lejos de los subsidios, del estado, de las tomas y las marchas. Por su purismo, por su radicalización simplificadora, el movimiento por la educación pública está validando en los hechos a la educación privada.

¿En qué ha fallado el modelo republicano de universidades para encontrarse en esta situación tan desfavorable? ¿Qué factores explican su deterioro justo en el momento en que parecía haber conquistado los recursos y las herramientas para funcionar debidamente? No logro aun entenderlo. Y qué bonita está la primavera.

publicado por el mostrador, allí van a dar los comentarios

EDUCACIÓN EN LIBERTAD

Posted in Uncategorized by jgtejeda on septiembre 16, 2011

La verdad es que si yo hubiera salido a marchar por la educación cuando estaba en el colegio, hace ya muchos años, hubiera exigido no que lo mejoraran, sino que lo cerraran. Mi colegio, de curas y con lucro, me pareció siempre un recinto carcelario a cargo de personajes depresivos e ineptos. Su desaparición me hubiera devuelto la libertad.

En casa, mi padre se quedaba repasando los artículos que escribía a máquina para llevarlos a mediodía a la redacción de los diarios. Su muy personal ambiente creativo producía un desparramo de libros abiertos en el suelo y las mesas, revistas con marcas, música de jazz o de Bach, humo de cigarrillo y todo aquello que pudiera ayudar a la libertad de espíritu, a desplegar el ímpetu creativo. Sólo observando lo que hacía y gracias también a sus gestos, a sus miradas, aprendí con él muchísimo más que en el colegio, aprendí a entender la cultura como una conversación y no como un deber, también supe ganarme la vida más tarde con aquello, además de quedar de paso premunido de algunos valores que me parecen relevantes: la tolerancia, el sentido del humor, el amor por la libertad, la confianza en nuestra propia humanidad individual.

Nunca entendí por qué razones me obligaban a levantarme a unas horas absurdas, tiritando de frío y atemorizado, para dejar la tibieza del hogar e ir a dar a aquel cuartel que estaba considerado un gran colegio, pero que era asqueroso. No se puede mejorar una cárcel. No es posible optimizar un sistema que en lugar de hacernos conversar con las mentes más interesantes de todos los tiempos, cada cual a su manera y a su gusto, se empecinaba en exigirnos resúmenes, sumas, quebrados, memorizaciones botánicas y otras estupideces, a punta de amenazas y castigos.

Creo que la lección real del colegio era: niño, eso que tú crees que es tuyo, tu tiempo, nos pertenece. Y ese cuerpo que quizá imaginas que es también tuyo, nada, es del colegio, así es que uniforme completo, pelo corto, sin moverse cada uno en su pupitre, clase de gimnasia y los viernes de rodillas en la iglesia. Y nada de pensamientos aviesos, que tu mente también es cosa nostra. Una sistemática violación de los derechos humanos en nombre de una cultura despreciable de cuaderno y libros de textos. Lo intuía yo claramente comparando aquella basura con la cultura tolerante y entusiasta de mi papá.

Pero nuestros jóvenes de hoy están decididos a mejorar la educación. No sé si se pueda mejorar algo tan dañino, y es cuestión de ver, lo primero que se hace en un colegio es instalar la reja del perímetro y el control de entradas y salidas. ¿Por qué no dejar que cada cual entre o salga libremente? Lo que más vale son las notas, una especie de dinero negro del conocimiento que en verdad nada tiene que ver con su sustancia. Cuando aprendemos algo que nos sirve estamos naturalmente contentos, y no necesitamos premios adicionales y menos castigos. ¿Para qué? Aprendemos porque lo necesitamos, no para ser evaluados.

Suponemos quizá que los niños están mejor en el colegio, más seguros, pero hay ahora muchos colegios que llevan meses sin clases y no se perciben mayores daños en nadie. Yo creo que los padres ponen allí a los niños para huir de la casa y sumergirse también ellos en sus prisiones ansiosas, y hacer dinero para pagar ansiosamente muchas cosas que no necesitan. Transfieren a los colegios la función de educar, creyendo que la educación es una mercancía, un servicio que se puede externalizar a cambio de una suma mensual.

Lo que sí es cierto es que en el sistema educativo nacional hay cárceles más pirulas y cárceles menos, y que se trata de una encarcelación muy segmentada por clase social, por barrio, por el azul o marrón de los ojos, incluso por la inteligencia o capacidad de sometimiento, sin que los niños tengan responsabilidad alguna en esos afanes por discriminar que dan asco. En todos los casos, sin embargo, se les enseña a los estudiantes no lo que quieren aprender, sino lo que unos burócratas de la pedagogía creen que debe enseñarse, con horario impuesto, en recintos numerados y por materia etiquetada.

Da lo mismo tanto esfuerzo, porque finalmente a uno se le queda dentro bien poco de todo aquello, y menos peso aún tiene esa materia existiendo google, que allí está todo sin tener que ponerse un uniforme y escuchar sentado a un compadre no muy convencido explicando algo de manera autoritaria.

Los niños son curiosos y aprenden por sí solos, como los adultos. Somos buenos para aprender, los humanos. Y los colegios son una prótesis medio ridícula donde se propagan los peores vicios de nuestra sociedad clasista y paranoica. En unas décadas o siglos más, si el planeta sigue un poco donde está, contemplarán nuestros sucesores con una sonrisa burlona nuestros afanes por mejorar la educación. La educación es algo constitutivo de nuestro ser, una fuerza dinámica, no un edificio, ni una marca, ni un programa, ni una libreta de notas, ni un título o un postítulo.

Comparada con los colegios, la universidad siempre me pareció un espacio de libertad. Finalmente uno puede elegir en ellas qué estudiar, aunque no siempre, porque hay padres que insisten en imponer sus propios gustos a los hijos, chantajeándolos. Lo cierto es que cada cual debe hacerse cargo de su propia vida, y lo que el padre estudió o no estudió es su asunto, no el de sus hijos.

No sé por qué en Chile no ir a la universidad es en muchas familias una especie de drama: no quedó!… no le dio el puntaje! Madres sollozando, padres encolerizados, o al revés. Es mejor, como decían los fundadores de Summerhill, ser un carpintero feliz que un Primer Ministro neurótico. Pero en Chile, aunque no tengamos Primeros Ministros, estamos apostando fuerte por la neurosis. La mera pregunta “qué vas a estudiar” cuando sale alguien del colegio es ya un poco pasadora a llevar. Esa persona ya estudió, y sabrá cada cual si quiere o no seguir sentado en un banco repasando hojas de libros. La pregunta respetuosa, si hay interés, es preguntarle al joven o a la joven a qué piensa dedicarse.

Existen muchas universidades, sin embargo, que se esmeran en ser como colegios aunque no haya que llevar uniforme y se permita fumar a los estudiantes en los recreos. Son estrictas, con mucha cosa obligatoria, tareas, retos, apuntes, notas, promedios, indicadores, toda esa parafernalia que nada tiene que ver con el conocimiento auténtico.

En eso las universidades públicas son más evolucionadas, hay menos marcación personal y al mismo tiempo más libertad y mayor formación en las propias responsabilidades. El proyecto humanista consiste en entregar a los jóvenes un espacio abierto y con recursos, donde pueda cada cual organizar su crecimiento y su maduración según sus propios intereses y motivaciones.

Con estas movilizaciones estudiantiles tan bonitas en cuanto a la meta que se han propuesto, nos ha aparecido a veces a la vista la parte más oscura de las universidades públicas, especialmente con las “tomas”, que significan interrumpir no sólo la programación prevista, sino además la libre circulación de las personas. Los organizadores de las “tomas” instalan lienzos, candados, controles de entrada, también puede que un pequeño club de encapuchados, y programan actividades tipo campamentos juveniles de los antiguos países comunistas, todos opinando más o menos lo mismo, marchando, en pos de unos ideales, y muy enojados, no se vaya uno a oponer en una asamblea a lo que están tratando de hacer. Siendo emocionante, no hay en aquel tipo de organización libertad para pensar, para opinar o para entrar y salir. Uno no entiende cómo en una universidad pública, que se define identitariamente por su pluralismo, por su no discriminación, se permite que grupos de personas se apropien físicamente de los lugares, discriminen, segreguen, etc.

A mucha gente le gustan mucho las “tomas”, sin embargo. Tal como son muy populares los colegios con sus rejas perimetrales y sus uniformes. De la misma manera como se pretende manipular a los jóvenes para que estudien, digamos, derecho y no por ejemplo gastronomía. O como se afanan algunas universidades privadas en atrincar bien a sus pupilos.

Son manifestaciones, todas ellas, del gusto de mucha gente por la esclavitud. De la desconfianza en la naturaleza curiosa y creativa de las personas. Una moralina pesimista, revestida de ideas de derecha o convicciones de izquierda, da lo mismo, porque su norte es combatir la libertad.

La libertad nos da miedo porque significa hacernos cargo de nosotros mismos. Se trata, siendo libres, de pensar, de decidir, y de defender lo que uno ha pensado y decidido, porque de otro modo no se siente uno bien consigo mismo. Se trata de confiar en nuestros sentimientos profundos, en esa voz que nos dice qué es lo recto y lo no recto. Ser honestos nos obliga a cierta modestia, a hacernos cargo de nuestra realidad personal e intransferible, de nuestros deseos.

Pese al miedo que da y al esfuerzo que comporta, es mucho más bonita y plena una existencia libremente escogida que una vida esclava. En rigor, sólo una existencia en libertad, respetando por cierto a los demás, merece llamarse humana.

Quienes venden esclavitud (en cualquiera de sus modalidades educacionales o ideológicas) a menudo se la sacan argumentando que es “por ahora”, que es preciso sacrificarse ahora para ser libres más tarde. Mi experiencia me dice que quien practica la esclavitud en las cosas pequeñas la defiende también al final en las grandes cosas. Que cuando uno entrega tontamente un trocito pequeño de su propia libertad y de su propia sensatez, termina por entregarla toda. Lo que está en juego cuando nos esclavizamos o no dejamos que nos esclavicen es nuestra identidad, nuestra diferencia gozosa de habitar cada uno de nosotros en propiedad nuestro propio ser, que se educa cada día, a su pinta, lejos de negociantes, burócratas o comisarios políticos.

LAS “TOMAS” NO PUEDEN IR A VOTACIÓN

Posted in estudiantes, fau, pedagogía, universidad de chile by jgtejeda on septiembre 1, 2011

Los estudiantes de mi Facultad me hacen llegar los resultados de una votación donde por amplia mayoría, y con una participación contundente, se ha aprobado que continúe la “toma”. La distribución de preferencias es, en concreto:

60 votos – NO A LAS MOVILIZACIONES
165 votos – DECRETO 51
372 votos – PARO
615 votos – TOMA

En un universo de 1212 votos válidamente emitidos de un total de unos 2 mil, el 51% eligió “toma”. Todo se hizo con Tribunal Calificador de Elecciones, convocatoria adecuada y en dos días sucesivos de votación.

El proceso parece haber sido impecable, y da cuenta del estado de opinión mayoritario de los estudiantes en cuanto a continuar movilizados (95%) eligiendo más de la mitad de ellos la ocupación física de los recintos como medio para esas movilizaciones.

Sin embargo hay un vicio de fondo en este proceso.

En efecto, los plebiscitos de este tipo no se pueden hacer sobre cualquier materia. O dicho en positivo, sólo se pueden hacer sobre ciertos asuntos en que la opinión de la comunidad pueda consultarse, en un marco de respeto a sus miembros, a los principios institucionales aceptados por todos, y en el marco de atribuciones que es propio del colectivo que vota.

Las “tomas” u ocupaciones de espacios son un arma poderosa para recabar la atención de los poderosos y de los medios, así como de la opinión pública. Nacieron en las luchas sindicales del siglo 19, y en ellas se jugaban los trabajadores su fuente de ingresos, la libertad y hasta la vida. Se trataba de quitarle al amo aunque fuese por unos días o semanas su fuente de riquezas, la empresa o fábrica, y poner en jaque al sistema.

El marco de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile es, en verdad, muy diferente. Se trata de una facultad que se gobierna de manera participativa, y donde los estudiantes tienen garantizados sus derechos y sus modos de organizarse, recibiendo de la institución recintos y un presupuesto anual.

La Facultad se gobierna teniendo como texto legal máximo al Estatuto Universitario, que fue generado también de modo participativo por la propia comunidad universitaria, incluyendo a sus tres estamentos, y se sancionó como decreto con fuerza de ley hace apenas cinco años, en democracia.

En este Estatuto se consagran como principios orientadores, entre otros similares, la libertad de pensamiento y de expresión, el pluralismo, la participación de sus miembros en la vida institucional, con resguardo de las jerarquías inherentes al quehacer universitario, la actitud reflexiva, dialogante y crítica en el ejercicio de las tareas intelectuales, la formación de personas con sentido ético, cívico y de solidaridad social, el respeto a personas y bienes, etc.

Una “toma” consiste entre otras cosas en la ocupación física forzada de los recintos por parte de un grupo, el desalojo de los académicos y funcionarios, la suspención de las actividades docentes, y el reemplazo del gobierno de facultad por un sistema de asambleas que es propio de los estudiantes. Es evidente que se trata de algo que contraviene el espíritu de la institución y no respeta los derechos de los demás.

Por tanto no puede ser sometida a votación.

El pluralismo, la participación de todos en la vida institucional, el respeto a personas y bienes, no son opinables, son valores fundacionales. De eso se trata una universidad.

Para ilustrar el punto, pongo otros ejemplos. Así, los estudiantes no tienen derecho a pronunciarse mediante una votación si se le permite o no a un académico expresar sus puntos de vista; o si se impide la entrada por las tardes a un grupo de funcionarios; o si tienen o no derechos los estudiantes de segundo año a elegir a los integrantes de su centro de estudiantes. En la Universidad de Chile todos los académicos tienen garantizado el derecho a expresarse sin más limitación que lo que marcan las leyes, todos los funcionarios pueden entrar y salir, todos los estudiantes pueden votar en sus organizaciones, etc. No son asuntos discrecionales que se puedan someter a votación. Los derechos de esas personas no nos pertenecen. No son opinables. No dependen de cuántos votos saque la opción de respetarlos o de suprimirlos.

Nos gusten más o nos gusten menos, las “tomas” no son, pues, materia opinable, por cuanto son ilegales y contradicen el espíritu de la convivencia universitaria y los valores de una universidad pública. No importa que los votos sean mayoritariamente una cosa u otra, ni que el proceso haya sido limpio o no limpio. En todos los casos, la votación y sus resultados son nulos.

Otra cosa es que nos preguntemos por la señal que nos entrega esta votación acerca del ánimo de los estudiantes. Es evidente que ellos están firmemente y con entusiasmo apoyando el movimiento por la educación pública, y eso es un hecho notable, que ayuda a la Universidad de Chile en su misión institucional  y promueve los cambios que se necesitan.

Al mismo tiempo, los estudiantes consideran que la “toma”, una herramienta ilegal, ofensiva para muchos académicos, y que contradice el espíritu de nuestra universidad, es la “única manera” de garantizar la continuidad de apoyo al movimiento. Piensan errada o acertadamente que nuestra Facultad, al terminar la “toma”, regresará a una normalidad plana donde la lucha por la educación pública será reemplazada por la lucha por la asistencia a clases y por la nota.

No debiera ser así en modo alguno. Estoy seguro de que podemos poner en jaque al sistema y lograr cambios estructurales sin autodestruirnos. Por el contrario, mi impresión es que estos estruendos casi siempre se quedan en eso y no llegan necesariamente a arrancar las raíces de lo que está mal hecho y se arrastra desde hace tanto tiempo.

Por cierto que para el estamento estudiantil tiene más glamour una “toma” que cualquier combinación un poco nerd de actividades docentes y movilizaciones. Desde luego que es más fácil seguir la costumbre de las “tomas”, por mucho que contradiga de modo flagrante lo que decimos que somos.

Sin embargo el deber de quienes creemos en la Universidad de Chile es articular energías, derechos y principios para que cada grupo y cada persona de nuestra comunidad logre expresar de manera contundente sus convicciones, y encuentre en su Facultad el marco adecuado para implementar las acciones que de ello se sigan. Todo ello, sin pasar a llevar a ningún miembro de la comunidad, y pensando siempre en el bien del país, cada cual a su modo.

Esa es la esencia de las universidades públicas. Por eso estamos aquí.

RECUPEREMOS NUESTRA FACULTAD

Posted in Uncategorized by jgtejeda on agosto 25, 2011

   

Para los académicos, estudiantes, personal de colaboración de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile

He visto hoy con bochorno y asco las imágenes de encapuchados armados de fierros y piedras de la pirca que desde el recinto de nuestra Facultad arremeten contra los pacos. No estamos aquí ante acciones de represión ni de defensa. No hay en estas acciones nada a favor de la educación pública ni de la universidad pública. Esto es violencia pura y simple. Son personajes que libran una guerra personal, grupuscular e ideológica, y para ello utilizan e instrumentalizan lo que pertenece a todos y está a nuestro cuidado. No son flaites ni lumpen, son la gente que está en la “toma”.

Desde hace tres meses que nuestra Facultad se encuentra “tomada” por un grupo minoritario de estudiantes. Ni aunque fuera mayoritario: la comunidad universitaria, si es pública, está formada por todos sus integrantes, y con que se le impida el paso por la fuerza a uno solo de ellos, el espíritu de tolerancia y pluralismo que nos orienta está vulnerado. El secuestro no forma parte de la vida universitaria, y una “toma” sólo sería legítima, quizá un deber, en contextos dictatoriales, que no es el caso.

En el rizo dialéctico los extremos violentos se confunden y es tarea de los más sensatos fundar los equilibrios. No creo que la “toma” de los recintos de una universidad pública en un ambiente de democracia sea algo progresista, ni libertario, ni público, ni siquiera decente. No confundamos la pasión con el delirio ni éste con el abuso.

La pasividad de nuestras autoridades no se entiende ni debiera gozar de simpatías. Es deber de quienes están a cargo de la Facultad y de la Universidad garantizar a todos -no sólo a unos pocos- la participación en la vida universitaria. Ese derecho está siendo violentamente conculcado.

El glorioso movimiento por la educación pública que tanto está consiguiendo para los chilenos y chilenas tiene también sus patios traseros un poco sucios. Nuestra Facultad es uno de ellos. Un lugar que fue siempre abierto, tolerante y amistoso se ha convertido en un recinto cerrado, controlado por una stasi que pide identificaciones y que cierra bajo llave los espacios que son de todos. Se han instalado allí dormitorios para gente extraña. Se hacen trabajos creativos, pero también predominan la piedra y la capucha, y se impone de a poco una opinión única, algo parecido a un regimiento o secta religiosa. ¿Qué valores estamos transmitiendo?

El gobierno participativo y legal se ha visto erosionado por asambleas muchas veces antidemocráticas, humillantes y amenazantes. Somos apenas un portaviones operativo de unos piquetes que se sientan en las más elementales normas de convivencia y de respeto. No es consistente luchar por la libertad atentando contra la libertad. No es decente poner como modelo a las universidades públicas destruyendo activamente su convivencia. La universidad es un espacio abierto de conversación, no un espacio secuestrado por unos cuantos que monologan entre sí.

El daño a las actividades académicas es inmenso. Se han perdido dos semestres de pregrado. Me duele saber que hay dos mil familias que están pagando con enorme esfuerzo o endeudándose horriblemente a cambio de nada, y que no pueden dejar de pagar porque ya documentaron el total. Igual aumenta gravemente la morosidad. Se nos están yendo estudiantes. Otros preparan demandas judiciales. Me indigna que más de cien profesores a honorarios estén perdiendo sus puestos de trabajo porque es ilegal pagar a personas por tareas que no se llevan a cabo: los estudiantes a cargo de la “toma” sonríen burlonamente cuando se enteran de ello. Se desploman los intercambios internacionales, los programas de postgrado, las actividades de extensión. En estas condiciones de descontrol estamos llamando a un concurso público para proveer 102 cargos de académicos y ayudantes, y eso no puede ser. No entiendo que para luchar por la educación pública se tenga que hundir a la educación pública. Quisiera ver cómo va a ser nuestra matrícula el próximo año.

Sería una vergüenza seguir ni un día más en esta pasividad destructora. Necesitamos que se termine de una vez con la violencia en la FAU. No más encapuchados. No más cerrojos y candados. No más destrucción de nuestra identidad. No más opinión única. Somos un centro dedicado al conocimiento, no la sede operativa de nadie. Por nuestros patios y aulas deben pasar libremente y con vigor los movimientos sociales y políticos, aunque sin adueñarse de ellos. La tolerancia es un ejercicio diario, no algo que se deja “para después” en virtud de presuntas urgencias mayores.

Necesitamos pasar de una cultura de la irresponsabilidad a una cultura de la responsabilidad, y eso vale tanto para quienes deben aplicar sanciones como para quienes deben ser sancionados.

Quiero saber si el señor Rector está de acuerdo o no con esta toma, y solicito al Consejo de Facultad haga la consulta por los conductos que correspondan.

Necesitamos saber si los dirigentes de la FECH, que invitan a sus plenos a los “voceros de la toma” de nuestra Facultad, estimulan y apoyan estas acciones de violencia activa o pasiva, si se hacen los lesos, o si las condenan.

Solicito a la Dirección correspondiente que se amoneste oficialmente, con registro en sus calificaciones, a los académicos y personal de colaboración que están colaborando alegremente con una “toma” que vulnera todos -es cuestión de revisarlos- los principios orientadores de nuestra Universidad y que se ha decantado por la violencia. Una cosa es el derecho a opinar libremente, otra es participar en acciones que impiden la participación de los demás y vulneran nuestro Estatuto.

Solicito a la Dirección correspondiente que se abra sumario a cada uno de los estudiantes que participa activamente en estas acciones ilegales y destructivas, y se les sancione de acuerdo a la gravedad de las pérdidas económicas y de imagen que está sufriendo nuestra Facultad. Nadie, en nombre de nada, puede impunemente y de manera arbitraria ponerle un candado a nuestras puertas. Nadie puede impunemente degradar lo que hemos ido construyendo entre todos como comunidad universitaria. Somos una institución seria, respetable, de gran tradición, y debemos ante todo respetarnos a nosotros mismos, impidiendo toda conducta destructiva o irresponsable.

Solicito igualmente se haga un contacto via mail con cada uno de nuestros estudiantes solicitando su opinión respecto de si quiere o no la continuación de la “toma”. Con todo, los estudiantes pueden hacer paros, pueden marchar, protestar, movilizarse, eso es parte de sus acciones naturales. “Tomarse” un recinto universitario no.

Solicito se tramiten los recursos de protección que correspondan, y que se estudien acciones penales a fin de que los responsables reparen los daños causados con la toma: pérdidas millonarias, daño a la imagen, burla a los usuarios, robos, daños a las instalaciones, etc.

Solicito que se negocie en forma rápida una devolución de los recintos a la comunidad académica de la Facultad, que en forma legítima debe ocuparlos sin exclusión de nadie, conforme a la ley y a nuestros reglamentos. La comunidad acordará el modo de compaginar las actividades académicas con la participación activa en el movimiento por la educación pública: ambas cosas son nuestro deber, y también lo es el saber llevarlas adelante sin perjudicar a ninguna de ellas.

Solicito al Sr. Decano y al Consejo de Facultad que si nada de lo anterior da resultado procedan a la brevedad al desalojo por la fuerza pública a fin de lograr la liberación de nuestros recintos. Llamar a la fuerza pública es un fracaso para la comunidad universitaria, que está llamada a gobernarse autónomamente; pero un fracaso más grave y peligroso es dejar blandamente los recintos universitarios en manos de la arbitrariedad, el desgobierno y las minorías violentas.

Los estudiantes deben ser capaces de distinguir entre lo revolucionario y lo destructivo, entre los ideales y la patudez. No hay nada más repugnante que la inconsistencia entre lo que se predica –amor por el espacio público– y lo que se practica –su privatización y destrucción. No se puede defender la universidad pública y estatal cerrando lo público y haciendo caso omiso de las regulaciones estatales.

La universidad pública no debe ser privatizada por grupo alguno. Las universidades públicas no son jamás tierra de nadie. El espacio público es tan apetecible que todos lo critican y todos quieren apropiárselo. Pero su control es responsabilidad de las autoridades elegidas legalmente respetando a todos los miembros de la comunidad, no de ningún grupo ni credo ni red ni movimiento, por fabulosos que sean sus ideales. Las tomas y asambleas no buscan la participación, son un intento hipócrita por parte de pequeños grupos irresponsables de usurpar espacios y atribuciones que no les pertenecen a costa del bienestar colectivo.

Cumplamos con nuestro deber.  Prestigiemos a las universidades públicas. Abramos de nuevo las puertas de nuestra Facultad. Recuperemos nuestra Universidad. ¡Viva la Universidad de Chile!

Juan Guillermo Tejeda Marshall
Profesor Asociado
Universidad de Chile

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CUANDO LA LUCHA SE TRANSFORMA EN CAPUCHA

Posted in estudiantes by jgtejeda on agosto 13, 2011

Arrasa últimamente la capucha, tanto entre los carabineros como entre los jóvenes. Cuando uno se va a comprar un polerón o una casaca resulta que viene ya con su capucha. Un encapuchado como corresponde necesita además un pañuelo o bufanda y un traje de saltamontes incluyendo zapatillas, un set de piedras, un fierro o garrote, lo que venga, todo en colores oscuros.

Uno ve aquellas agilidades anónimas moviéndose ante las fogatas, las luces de los semáforos, el ulular de ambulancias o carros de bomberos, con el aporte activo de los carabineros en su vertientes ninja, a caballo, en guanaco o en carro blindado.

Las capuchines pululan en la periferia de las marchas estudiantiles. Pueden ser elementos desgajados de ellas, o supositorios traseros o vaya uno a saber qué, por algo se cubren el rostro aunque busquen llenar la pantalla televisiva. Los carabineros encapuchados, en cambio, y según el piloso subsecretario Ubilla, están siendo afectados por procesos de “mimetización”.

El animalito humano que palpita bajo de la capucha pertenece a menudo a un segmento que ha recibido de la sociedad sólo desprecios. Nuestro sistema económico le ha dado educación chatarra, consultorios deprimentes, áreas de la ciudad sin prestancia alguna, sueldos de hambre, carabineros coléricos, deudas usuarias.

Pero eso es una cosa y otra es que anden por ahí esos niños arrancando de cuajo los postes de señalética urbana, quebrando los semáforos, incendiando autos y locales y apedreando cosas. Mientras algunos estudiantes se encapuchan, otros increpan a los encapuchados.

Las protestas abren las grandes alamedas de la esperanza nacional y al mismo tiempo encienden a su paso un reality de pequeñas dictaduras artesanales. Ignoran quizá los aguerridos muchachos que las dictaduras dispersas de los vándalos alimentan a las dictaduras de verdad. Una violencia llama a la otra, es la condición orgánica de la fuerza liberada a su antojo.

Los chilenos, que hemos sido tan nerds, tan pacientes para pagar, para tragar, para bancarnos un sistema asqueroso, sentimos que se nos encienden las pupilas ante la insumisión salvaje. Sin embargo las mejores causas se enlodan cuando la lucha se transforma en capucha. Es como cuando uno se pone a comer mucho chocolate y a tomar demasiada cerveza, que el placer se revierte.

La capucha, el no dar la cara, es una respuesta silvestre a los encapuchados binominales que designaron a Carlitos Larraín y Ena von Baer para esa cosa remota que es el senado. Los capuchazos del lucro, de la inequidad, de la humillación, se entremezclan con los movedizos encapuchados de los autos incendiados. Entre todos nos hunden en la confusión y nos ensucian el futuro. (hoy en LUN)

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LAGOS LAUREATE

Posted in estudiantes, mercado by jgtejeda on agosto 11, 2011

Ricardo Lagos fue increpado por estudiantes a la salida de una charla que dio en la Universidad Viña del Mar. Los estudiantes reclamaban por el crédito con aval del Estado, iniciativa de su gobierno, en el que Pilar Armanet era Jefa de la División de Educación Superior del Ministerio. El rector de la Universidad de Viña  es Julio Castro, quien a su vez fue Jefe de la División de Educación Superior en el Gobierno de Bachelet. La universidad, que tiene exclusivos fines de lucro, pertenece al grupo Laureate, que en Chile está a cargo de Herman Chadwick, Genaro Arriagada (que la otra noche opinaba sobre universidades en CNN), Manfredo Mayol (ex director de Dinacos y experto en comunicaciones de la UDI) y Jorge Selume (que fue Director de Presupuestos bajo Bücchi, en tiempos de Pinochet y luego compró y vendió el Banco Osorno). Laureate tiene como su “Honorary Chancellor” a Bill Clinton, ex presidente de EEUU que va dictando conferencias en las universidades del grupo al igual que Ricardo Lagos. Quizás es Pilar Armanet, ahora Vicerrectora Académica de la Universidad de las Américas (del mismo grupo Laureate), quien convenció a Lagos de ir a hacer la charla. El sistema de Créditos con Aval del Estado posibilita que Laureate se lleve una tajada no menor del 17,4%  (unos USD 40 millones el año 2010). Son esos políticos privatizoides los que deciden el destino de las universidades públicas.

EL COMBO VALÓRICO

Posted in estudiantes by jgtejeda on agosto 9, 2011

En un acto de homenaje a los mineros, Sebastián Piñera recibió un combo de parte de un niño que estaba en brazos de la Primera Dama. Él respondió con una alegre sonrisa.

El incidente muestra de manera festiva el drama de Piñera. Es difícil caerle bien a todo el mundo, pero él está logrando no caerle bien a nadie. Su popularidad va en picado. Sus colaboradores y adherentes lo son a desgana y sus adversarios no acaban de tomárselo en serio. Acostumbrado a ganar, Sebastián está siendo ampliamente derrotado, pero no sabe bien por quién. No logra leer la situación.

Los estudiantes, con sus paros, sus movilizaciones, sus marchas, sus piezas creativas, enfrentándose a unos carabineros excedidos, lideran hoy no diríamos la oposición, sino una suerte de insurrección contra el gobierno, pero sobre todo contra el sistema.

Los jóvenes sí han logrado leer bien el trance por el que atravesamos los chilenos después de estos largos años de transición humillante. No más universidades chatarra. No más liceos municipalizados. No más lucro. No más deudas abusivas. No más dinero público para consorcios privados. No más políticos binominales. Basta de indignidades.

Cuando Piñera afirma que la educación es un bien de consumo, se pone en la posición idónea para recibir el combo de los estudiantes y de los chilenos. Para el alma nacional, y pese a las décadas de maltrato pinochetista o concertacionista, la educación sigue siendo un derecho. Y es un derecho también poder comprar sin ser tratados como delincuentes. O morir con dignidad sin que cada enfermedad signifique la ruina de la familia. O trabajar, jubilar, opinar, recibir atención médica, vivir la ciudad.

Todos estos derechos son para el sistema simplemente bienes de consumo, nichos de negocio subvencionados por un estado que funciona como una sucursal de los más poderosos.

Pues bien, a punta de paro, marcha, posteo y tuiteo, más allá de la histórica censura de los medios y de la turbia mediación de los partidos políticos, el país está recuperando sus valores históricos. Así como Clinton soltó aquello de “es la economía, estúpido”, aquí también podría ir alguien a decirle a Piñera: “son los valores, estúpido”.

El tema de los valores es letal para Piñera porque carece de ellos, o si los tiene, que debe tenerlos, la gente no los percibe. Le pasa un poco como a Groucho Marx cuando decía: “estas son mis convicciones; si no le gustan, tengo otras”.

Piñera representa a una generación, una clase y un modelo humano para los cuales, llegada la dictadura, fue preciso poner en conserva los propios valores a fin de sobrevivir.

Quedaron establecidas las infinitas prudencias y elasticidades a la hora de opinar, de mantener un empleo o una clientela. Todos se enfrascaron –nos enfrascamos– en alguna forma de lucro, lucrillo, lucrecia o lucrón. Y en esos juegos olímpicos chilenos de la negación del propio ser, del auspicio, del proyecto, de la asesoría, de la asociación comercial con el enemigo, del emprendimiento fugaz, la triangulación y el zarpazo, el campeón olímpico fue siempre Sebastián Piñera.

Piñera ha sido académico, interventor bancario, empleado, empresario, editor, ambientalista, futbolero, político. En ninguno de estos rubros se ha llevado el respeto de sus pares. Y en todos ha hecho negocio. Desde los valores que aparecen en la dictadura es un chico listo, un superviviente, un mutante, un ganador. Pero bajo la mirada de los estudiantes es un niño símbolo de los antivalores que han hecho de Chile un país humanamente irrespirable.

Los concertacionistas están descolocados. Hicieron la transición y les debemos eso, pero la amplia masa juvenil y resistente al sistema los considera hoy capataces de un modelo en el que no creían pero al que sirvieron y con el cual si no se arreglaron al menos se peinaron los bigotes. Su matrimonio mal avenido y binominalista de partidos con escasa afinidad ha terminado por diluirlos a todos.

Hoy los vecinos salen a cacerolear alegremente por los jóvenes. A nadie le importa mucho que pierdan un año o que vuelen algunas piedras. Los estudiantes no están embadurnados por el miedo o el cálculo, y se desplazan por las redes sociales y por las calles, se enfrentan a los carabineros mal conducidos por un gobierno errático, no aparcan hipócritamente los temas para después, para ellos tanto valor tiene la educación pública como el respeto a la diversidad sexual o al medio ambiente. Son la cadena volcánica local de una tendencia global, la de los indignados, pero no aparecen como amenazantes. En los jóvenes nos vemos a nosotros mismos en una nueva envoltura más valiente y más digna, moderna y con un toque vintage.

Ante esta insurrección o resurrección valórica, Piñera no tiene nada que ofrecer. Sus valores o antivalores son los que arrastra en su curriculum y en sus cuentas bancarias. Puede cambiarlos, pero ese cambio será visto como un nuevo truco comercial.

De su equipo, sólo los niños ya madurones de la UDI cuentan con un pack valórico compacto: neoliberalismo integrista, amor por la dictadura, desprecio por las personas, conservadurismo en las costumbres, respeto por el dinero, todo ello formulado con los más exquisitos modales de personas educadas en colegios de curas y universidades de elite. Y siempre tan satisfechos de sí mismos y enojados con los demás.

Los controles existentes para frenar este regreso callejero y sentimental a nuestros valores compartidos parecen hoy muy debilitados: los medios periodísticos de derecha andan totalmente desorientados, los políticos están off-side, los adultos observan la insurrección esbozando una leve sonrisa, el miedo se está desvaneciendo.

Piñera y el sistema están empezando a a ser arrastrados por la ola valórica, por la insólita fiesta de la dignidad recuperada. Son los valores, estúpido.

PUBLICADA EN EL MOSTRADOR, 9 DE AGOSTO 2011

LA MALAS PRÁCTICAS DE LAS UNIVERSIDADES PRIVADAS

Posted in mercado, universidades chilenas by jgtejeda on julio 31, 2011

Que un establecimiento educacional sea privado no quiere decir que lo que allí ocurra vaya a ser necesariamente malo, o necesariamente bueno.Tan insensato es satanizar a los privados sólo porque lo son como creer que todo lo que hace el estado es siempre de inferior calidad. Eso está por verse en cada caso y depende además de factores de contexto, legales, regulatorios, etc.

Las universidades privadas chilenas son de muy diversa naturaleza. Las hay que son crudos negocios a costa de las personas, otras se orientan a la propaganda ideológica o religiosa, otras son simples grupos de amigos. Y también las hay que desarrollan sus tareas con seriedad y solvencia.

Lo que irrita de las universidades privadas chilenas son sus vicios y malas prácticas. Situaciones indebidas que se han ido legitimando y que nada tienen que ver con la salud de la educación superior chilena.

El primero es el vicio de origen. Las universidades privadas son un neto producto de la dictadura. Su creación se hace a espaldas de la comunidad académica y estudiantil, a espaldas del país, que entonces, en 1981, no tiene ni parlamento ni medios libres. No es extraño que los directorios de muchas estén conformados por ex ministros o ex funcionarios de Pinochet. Eso les da un aire enrarecido. Son una movida del pinochetismo. Allí están, aún mandando en la Universidad Mayor, René Salamé, Ricardo García, Mario Arnello, Sergio Melnick y Jorge Prado Aránguiz, todo una tajada del kuchen dictatorial. La Universidad del Desarrollo es un emprendimiento de Lavín, Larroulet, Hernán Büchi y otros pinochicaguistas. La Universidad San Sebastián es liderada por gente de la UDI profunda. Mónica Madariaga sirvió en la Andrés Bello, como también los hermanos Cordero o Miguel Angel Poduje. Álvaro Bardón y Pablo Baraona fundaron la Finis Terrae que ahora funciona en convenio con los Legionarios de Cristo, y así sucesivamente. Algunos se han embarcado adicionalmente en agencias de acreditación. ¡Acreditada! Uno trata de creer pero se convence con dificultad que esta gente esté preocupada del conocimiento, del pluralismo, de la equidad, porque en sus marcas genéticas hay otra cosa. Cuando estuvieron en el gobierno abrieron la puerta de un negocio que pasaron luego ellos mismos a emprender. Algunas universidades, una vez puestas en funcionamiento, son vendidas y compradas por capitales internacionales.

Ahí nos aparece el lucro. Lucrar, de por sí, no es malo, y así lo han defendido diversos columnistas lucrosos, porque todos en Chile lucramos un poquito más o un poquito menos. Nos hemos convertido en un país de comerciantes y no hay quien no tenga un quiosco o microtráfico de algo. Pero en este caso se trata de lucrar de mala manera. Primero, porque como la ley se los prohibe expresamente, han inventado unas triangulaciones que si hubieran sido públicas hubieran hecho las delicias de los jueces y de los medios, y es así como entre las inmobiliarias, el transporte, las colaciones y la madre que los parió van lucrando con lo que no se debe. Eso, aparte de un negocio, es una actitud que escandaliza: torcer el espíritu de la ley, aprovecharse de la gente. Los recursos no son aquí el medio, sino el fin. Y detrás quedan esas familias endeudadas, esos profesores que carecen de carrera académica y deben callar para que les renueven el miserable contrato temporal. ¿Cómo puede hacerse así una universidad? Uno ve con escándalo las millonarias campañas publicitarias para desorientar y atraer a los jóvenes convertidos en clientes. Tientan a los mejores puntajes con todo tipo de becas para que, sin respetar sus vocaciones o sus valores, queden atrapados en tal o cual plantel que de ese modo consigue más recursos del estado.

Otra mala práctica es la imposibilidad de constituir comunidades académicas reales en ambientes dominados por el autoritarismo y la falta de participación. Si en una buena universidad un académico sabe que para que le vaya bien tiene que impartir docencia de calidad, investigar, publicar, ser alguien en su comunidad de pares, dentro de un clima abierto y productivo, en la mayoría de las privadas se trata ante todo de caerle bien a alguien, de ganar su confianza y adjudicarse un rincón. Es contratado a la manera de una temporera. Lo mismo ocurre con los estudiantes a los que se priva de la posibilidad de constituir centros de alumnos que operen como tales. Las autoridades elegidas siempre a dedo por un directorio o por un mandamás destruyen la participación y hacen que la organización parezca una empresa o un colegio, y eso, aunque facilite la gestión, mata las libertades y riesgos inherentes a la aventura intelectual.

Amparados bajo el rótulo de universidades privadas prosperan en Chile muchos establecimientos que no calificarían como universidades en ningún país serio. Una universidad es antes que cualquier otra cosa un centro complejo de conocimiento avanzado, un espacio dedicado a conservar, generar y transmitir el saber. Ello pasa por una serie de requerimientos que nuestras audaces universidades privadas, en su mayoría, pasan por alto. Para ser cabalmente tales, los académicos deben estar jerarquizados y, amparados por la libertad de expresión y su curriculum, dedicarse a la investigación, la creación, al docencia y la extensión, sin descuidar las vinculaciones internacionales, publicando, y siendo lo que deben ser: autoridades en sus respectivas materias. Eso es posible si cuentan con reglas claras para el acceso o desvinculación, con presencia o influencia en los órganos de gobierno, laboratorios, bibliotecas, equipamiento tecnológico, horas y todo lo que corresponde a la carrera académica. Pero en Chile para poner en la fachada de un edificio las letras metálicas donde dice “Universidad Algo” hace falta sólo un par de computadores, un abogado y audacia. La ley es laxa, las regulaciones son alegremente permisivas. Muchas de las “universidades” privadas hoy existentes estarían mejor como institutos profesionales, y probablemente para allá va el afán de las autoridades de inyectar recursos en este segmento.

Al llamarse universidades, esos establecimientos califican hoy para capturar el dinero que el estado aporta en educación por la vía de fondos concursables, subvenciones a los estudiantes, exenciones tributarias y otros mecanismos. Eso explica el énfasis de Piñera y Lavín en subsidiar no a la oferta (universidades) sino a la demanda (estudiantes), porque de ese modo el dinero del estado, es decir de la gente, no va a los establecimientos de calidad sino a los capaces de más astucias y argucias, a los que son propiedad de grupos económicos y políticos que ven lo universitario como un bocado jugoso del lucro.

En la lucha por la visibilidad publicitaria, y en el cumplimiento de la no declarada función de constituirse como nodos activos de redes políticas y económicas, las universidades privadas han abusado de la contratación de rostros a la manera de los clubes de fútbol. Con ello atraen clientela y al mismo tiempo neutralizan a la clase política, que de a poco se ha ido entregando a una situación en que es imposible controlar a las universidades privadas porque los propios políticos han pasado a ser parte de lucrismo. Eso quizá no sea legalmente corrupción, pero huele parecido. Es algo más que una casualidad que el siguiente paso en la carrera de los ministros de educación concertacionistas haya sido el ocupar un cargo importante en alguna universidad privada, así Sergio Bitar en la Universidad Mayor, Mariana Aylwin en la UNIACC, Sergio Molina en la la Universidad de Viña del Mar, Jorge Arrate en el ARCIS, Ernesto Schiefelbein en la Santo Tomás. Y hay muchos más.

No tiene nada de malo que un ex ministro o un rostro mediático se integre a una universidad a aportar conocimiento o a hacer vida académica: es un plus el que algunas personalidades con rodaje en el mundo político o profesional, en la realidad productiva, sean parte de la universidad. Lo que constituye una mala práctica es que se les ponga allí por razones publicitarias o de tráfico de influencias, o para validar con sus rostros sin tacha las malas prácticas de esas instituciones.

Por último, en sintonía con determinadas visiones neoliberales derrotadas en todo el mundo menos en Chile, muchas universidades privadas defienden la peregrina idea de que como contribuyen a un bien público que es la educación, son también públicas. Nada más lejos de la verdad. Si quieren ser universidades públicas tienen que ceder sus bienes muebles e inmuebles al estado y someterse a un protocolo participativo de gobierno. Lo público es lo que no tiene un dueño privado y pertenece a la comunidad ciudadana.

Es ese permanente transformismo lo que provoca desaliento e irritación. Personajes que desde puestos de gobierno abren las regulaciones que después aprovechan con sus propias alcancías. Instituciones que se organizan privadamente pero que se presentan como públicas. Universidades que no saben si su fin es el negocio, el conocimiento, la catequesis ideológica o el poder político. Dinero público que fluye, rebota y va a dar finalmente a los más ricos, a los más poderosos, dejando una ristra de deudores, de famosos con mala conciencia y de académicos maltratados.

Las universidades privadas, sin embargo, han sido en estos años el motor del sistema, y aparte de las malas prácticas gracias a las cuales han prosperado muchas de ellas, ofrecen también ejemplos de mejor gestión, mayor capacidad de emprendimiento, creación de nuevas comunidades académicas, vinculaciones internacionales provechosas, mejoras sustanciales en infraestructura y equipamiento. Es preciso, sin duda, reordenar el sistema universitario, eliminar con firmeza las zonas grises, abandonar las malas prácticas, poner fin a las picardías corruptas, restaurar la viabilidad de las universidades públicas. Lo correcto es que cada cual tenga lo suyo y aporte lo suyo sin perjudicar al sistema, cuya finalidad declarada es la educación superior, el desarrollo libre y equitativo del saber.

La competencia desbocada en cuyo fragor los fines se confunden y cualquier medio vale no sólo hace imposible la calidad y destierra la equidad, sino que además destruye valores humanistas que están en nuestra tradición nacional, en el código genético de los chilenos y chilenas. En contra de ese fermento destructivo y oportunista es que se levanta la protesta sobre la educación pública.

PUBLICADO EN “EL MOSTRADOR”