UNIVERSIDAD PÚBLICA

LAS “TOMAS” NO PUEDEN IR A VOTACIÓN

Posted in estudiantes, fau, pedagogía, universidad de chile by jgtejeda on septiembre 1, 2011

Los estudiantes de mi Facultad me hacen llegar los resultados de una votación donde por amplia mayoría, y con una participación contundente, se ha aprobado que continúe la “toma”. La distribución de preferencias es, en concreto:

60 votos – NO A LAS MOVILIZACIONES
165 votos – DECRETO 51
372 votos – PARO
615 votos – TOMA

En un universo de 1212 votos válidamente emitidos de un total de unos 2 mil, el 51% eligió “toma”. Todo se hizo con Tribunal Calificador de Elecciones, convocatoria adecuada y en dos días sucesivos de votación.

El proceso parece haber sido impecable, y da cuenta del estado de opinión mayoritario de los estudiantes en cuanto a continuar movilizados (95%) eligiendo más de la mitad de ellos la ocupación física de los recintos como medio para esas movilizaciones.

Sin embargo hay un vicio de fondo en este proceso.

En efecto, los plebiscitos de este tipo no se pueden hacer sobre cualquier materia. O dicho en positivo, sólo se pueden hacer sobre ciertos asuntos en que la opinión de la comunidad pueda consultarse, en un marco de respeto a sus miembros, a los principios institucionales aceptados por todos, y en el marco de atribuciones que es propio del colectivo que vota.

Las “tomas” u ocupaciones de espacios son un arma poderosa para recabar la atención de los poderosos y de los medios, así como de la opinión pública. Nacieron en las luchas sindicales del siglo 19, y en ellas se jugaban los trabajadores su fuente de ingresos, la libertad y hasta la vida. Se trataba de quitarle al amo aunque fuese por unos días o semanas su fuente de riquezas, la empresa o fábrica, y poner en jaque al sistema.

El marco de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile es, en verdad, muy diferente. Se trata de una facultad que se gobierna de manera participativa, y donde los estudiantes tienen garantizados sus derechos y sus modos de organizarse, recibiendo de la institución recintos y un presupuesto anual.

La Facultad se gobierna teniendo como texto legal máximo al Estatuto Universitario, que fue generado también de modo participativo por la propia comunidad universitaria, incluyendo a sus tres estamentos, y se sancionó como decreto con fuerza de ley hace apenas cinco años, en democracia.

En este Estatuto se consagran como principios orientadores, entre otros similares, la libertad de pensamiento y de expresión, el pluralismo, la participación de sus miembros en la vida institucional, con resguardo de las jerarquías inherentes al quehacer universitario, la actitud reflexiva, dialogante y crítica en el ejercicio de las tareas intelectuales, la formación de personas con sentido ético, cívico y de solidaridad social, el respeto a personas y bienes, etc.

Una “toma” consiste entre otras cosas en la ocupación física forzada de los recintos por parte de un grupo, el desalojo de los académicos y funcionarios, la suspención de las actividades docentes, y el reemplazo del gobierno de facultad por un sistema de asambleas que es propio de los estudiantes. Es evidente que se trata de algo que contraviene el espíritu de la institución y no respeta los derechos de los demás.

Por tanto no puede ser sometida a votación.

El pluralismo, la participación de todos en la vida institucional, el respeto a personas y bienes, no son opinables, son valores fundacionales. De eso se trata una universidad.

Para ilustrar el punto, pongo otros ejemplos. Así, los estudiantes no tienen derecho a pronunciarse mediante una votación si se le permite o no a un académico expresar sus puntos de vista; o si se impide la entrada por las tardes a un grupo de funcionarios; o si tienen o no derechos los estudiantes de segundo año a elegir a los integrantes de su centro de estudiantes. En la Universidad de Chile todos los académicos tienen garantizado el derecho a expresarse sin más limitación que lo que marcan las leyes, todos los funcionarios pueden entrar y salir, todos los estudiantes pueden votar en sus organizaciones, etc. No son asuntos discrecionales que se puedan someter a votación. Los derechos de esas personas no nos pertenecen. No son opinables. No dependen de cuántos votos saque la opción de respetarlos o de suprimirlos.

Nos gusten más o nos gusten menos, las “tomas” no son, pues, materia opinable, por cuanto son ilegales y contradicen el espíritu de la convivencia universitaria y los valores de una universidad pública. No importa que los votos sean mayoritariamente una cosa u otra, ni que el proceso haya sido limpio o no limpio. En todos los casos, la votación y sus resultados son nulos.

Otra cosa es que nos preguntemos por la señal que nos entrega esta votación acerca del ánimo de los estudiantes. Es evidente que ellos están firmemente y con entusiasmo apoyando el movimiento por la educación pública, y eso es un hecho notable, que ayuda a la Universidad de Chile en su misión institucional  y promueve los cambios que se necesitan.

Al mismo tiempo, los estudiantes consideran que la “toma”, una herramienta ilegal, ofensiva para muchos académicos, y que contradice el espíritu de nuestra universidad, es la “única manera” de garantizar la continuidad de apoyo al movimiento. Piensan errada o acertadamente que nuestra Facultad, al terminar la “toma”, regresará a una normalidad plana donde la lucha por la educación pública será reemplazada por la lucha por la asistencia a clases y por la nota.

No debiera ser así en modo alguno. Estoy seguro de que podemos poner en jaque al sistema y lograr cambios estructurales sin autodestruirnos. Por el contrario, mi impresión es que estos estruendos casi siempre se quedan en eso y no llegan necesariamente a arrancar las raíces de lo que está mal hecho y se arrastra desde hace tanto tiempo.

Por cierto que para el estamento estudiantil tiene más glamour una “toma” que cualquier combinación un poco nerd de actividades docentes y movilizaciones. Desde luego que es más fácil seguir la costumbre de las “tomas”, por mucho que contradiga de modo flagrante lo que decimos que somos.

Sin embargo el deber de quienes creemos en la Universidad de Chile es articular energías, derechos y principios para que cada grupo y cada persona de nuestra comunidad logre expresar de manera contundente sus convicciones, y encuentre en su Facultad el marco adecuado para implementar las acciones que de ello se sigan. Todo ello, sin pasar a llevar a ningún miembro de la comunidad, y pensando siempre en el bien del país, cada cual a su modo.

Esa es la esencia de las universidades públicas. Por eso estamos aquí.

PIÑERA DE CONSUMO

Posted in mercado, pedagogía by jgtejeda on julio 31, 2011

Si la educación es un bien de consumo, no puede uno en verdad entender qué pueda ser la educación pública. ¿Se consume lo público? No. Lo público se usa, se goza, se comparte, está allí para todos. Lo privado cambia de dueño mediante transacciones de mercado. Las empresas producen bienes de consumo y los clientes o consumidores consumen esos bienes, por ejemplo un chocolito, un suéter, un auto.

Los bienes de consumo van soltando un chorrito de lucro cada vez que pasan de mano en mano y finalmente se gastan hasta que el auto o el suéter ya no dan más, y el chorrito de lucro es cada vez más débil.

Piñera es un bien de consumo que se cotiza en los rankings internacionales de las mayores fortunas latinoamericanas, y está siempre en el fascinante top algo de los cien primeros o diez primeros o mil primeros. En esos sitiales el chorro de lucro es fuertón y mareante. El Palacio de la Moneda es para él un bien de consumo o una pieza de leasing, aunque al pasear por el patio de los naranjos debe pensar el hombre: ¿dónde está aquí el lucro?

En la cabeza de Lavín, es decir en su interior, debajo del peinado de niño mateo, la educación pública está en una vaga zona de infiernos cerebrales, junto al pueblo unido, los pobres alzados, los estudiantes marchando por la Alameda y los bigotes de los profesores laicos, todo aquel horror. Ese cerebro, después de haber conocido de manera tan brusca a los universitarios y secundarios, se va ahora a Mideplan a estar con los pobres, pero no con los alzados sino con los del subsidio y la ayuda para que sigan siendo pobres.

El nuevo ministro Bulnes, que es nieto del Marqués Bulnes, o sea don Pancho Bulnes, que fue senador como diecisiete períodos sucesivos y se opuso a Allende sin estridencia, con cierta elegancia de caballero de toda la vida, es el nuevo ministro de educación. A los Bulnes el lucro no les importa mucho porque habitan una zona de por sí lucrosa, donde no se perciben los flujos ordinarios de Sebastián, que es en ese sentido un recién llegado y mira todo el rato en una pantalla de su computador y en su blackberry los precios de las acciones.

En esa pantalla sólo aparecen las universidades públicas y los colegios de curas, que como son bienes de consumo suben y bajan en la bolsa, pero en esa pantalla no se ve nada de las universidades públicas o estatales o de los colegios públicos donde los niños van con overol y se sientan en sillitas roídas de melamina.

Ahora en algunos países hay una cosa que se llama la huella de carbono, que mide lo que uno contamina con su auto, su calefacción, sus cosas, y mientras más alta sea la huella más hay que pagar. Pero también hay una huella de lucro, o una huella de consumo, o una huella de falta de humanidad al considerar que algo tan relevante como la educación se puede convertir en bien de consumo. La educación que con sus actos me dio mi padre no sé cómo se llega a considerar un bien de consumo. No entiendo qué es lo comprable o lo vendible del modo como el medio le enseña a los más jóvenes de qué modo asentir y de qué modo disentir, como adaptarse a la manada y a la vez cómo seguir siendo cada cual lo que realmente es.

La educación, en nuestro país, es un asco que refleja el asco moral de los segmentadores sociales, de los depredadores universitarios, de las viejas cuicas que piensan que el mundo debe estar al servicio de ellas y de las estrechísimas ideas que habitan en sus mentes carcomidas por la pequeñez. En ese asco el lucro es el rey, y es ese el asco de consumo el que nuestro Presidente nos quiere vender o comprar como un bien.

Pilñera es el desatinado presidente de consumo para una sociedad de consumo en un país de consumo con educación de consumo, y es todo eso lo que los estudiantes quieren barrer con sus manifestaciones. Ojalá que lo barran.

PUBLICADO EN “EL MOSTRADOR”

FUNDACIÓN DE NUEVAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS

Posted in pedagogía, universidades públicas by jgtejeda on julio 27, 2011

En las últimas semanas los chilenos hemos avanzado casi tanto como en las últimas décadas en cuanto a la discusión nacional sobre universidades públicas, todo ello dentro de un contexto de sanadora sublevación estudiantil.

¿Qué se seguirá de todo ello? Lo que parece estar claro es que el modelo de sistema universitario que se ha venido arrastrando en Chile desde que regresamos a la democracia ya no corresponde a lo que la gente siente y pide.

La cobertura del sistema es satisfactoria, a niveles europeos, pero los costos son destructivos: la calidad se ha desplomado hasta el punto de que seguir llamando universidades a muchos de los establecimientos privados que han logrado ese nombre parece una burla; las familias chilenas pagan más que ningún otro país en el mundo y quedan endeudadas por muchos años, y a menudo a cambio de una educación chatarra; las universidades serias, en cambio, tienen serias dificultades para sobrevivir. El afán universitario se centra hoy en la competencia, no en la colaboración. El mundo del saber se nos ha vuelto conservador, utilitario y mercantilista. Sólo son felices los que lucran. Es esto el que la gente está rechazando.

Si todo marcha correctamente, de esta crisis bien pudiera emerger un nuevo modelo de sistema universitario.

Chile merece, ante todo, un sistema articulado de universidades públicas y estatales, estructurado a lo largo y ancho del país, un sistema de calidades estandarizadas, con una misión común que no sea la de sobrevivir a costa de lo que sea sino la de brindar a los chilenos un espacio serio, estable, bien administrado y dinámico para el desarrollo del conocimiento. Es lo que tienen todos los países desarrollados, y lo que siempre tuvimos.

Un sistema así sólo se sustenta con aportes basales provenientes del estado. No menos de un 50% del gasto debe ser de aporte central, y esto no por un capricho, sino porque ello es indispensable según parámetros internacionales. El mismo dinero que las familias chilenas están gastando con mucho esfuerzo y poco resultado puede canalizarse estatalmente para garantizar un uso regulado, orientado al bien común, sin usuras, dentro de márgenes razonables de calidad.

Al mismo tiempo, el marco operativo y legal debe adecuarse a esta misión, y por tanto debe ser específicamente diseñado para las universidades públicas, no sólo para sus gobiernos respectivos, que es asunto de enorme relevancia, sino también para coordinar adecuadamente el sistema como un todo. Las universidades públicas son tan envidiadas cuando funcionan bien, que todos quieren apropiárselas: el poder político mediante una intervención exagerada del gobierno; los diferentes grupos ideológicos armando trenzas endogámicas internas que ven a cada unidad académica como un bastión a conquistar para los suyos; otros sueñan con privatizarlas y las erosionan con ese fin; los estudiantes se las toman o se las apropian cuando les parece, paralizándolas a veces indefinidamente, con los costos enormes que ello conlleva; los burócratas tienden a hundirlas en una niebla gris de formularios en nueve copias. De lo que no tiene dueño todos se sienten dueños, a veces demasiado.

Es preciso buscar en los más modernos modelos de gobierno universitario una modalidad adecuada a nuestra realidad, que permita la participación libre de todos los actores y grupos en una dialéctica razonable, y que desestimule las maniobras de apropiación. Y por cierto que es preciso garantizar que cada peso del dinero de los ciudadanos se gaste correctamente. Para ello existen herramientas específicas de control y no se ve por qué no podríamos aplicarlas exitosamente en nuestro país.

Estos recursos materiales y operativos, en un modelo renovado, debieran orientarse a lo que es la misión de las universidades públicas: colaborar más que competir, hacer investigación, crear nuevo conocimiento, formar parte de las redes mundiales en cada especialidad, publicar, dialogar, desarrollar labores de extensión, y también por cierto enseñar en pregrado y en posgrado. Las universidades son comunidades de comunidades, cada una de las cuales está formada por expertos. Por sobre todo es preciso preservar en ellas un clima de conversación, un ambiente de curiosidad, de amor por el conocimiento.

Las universidades no son, como afirman muchos políticos, ascensores para pasar de una clase social a otra, aunque tengan un rol relevante en la ecualización social y en el mejoramiento de las espectativas económicas. Son los espacios que las sociedades modernas se dan para preservar, transmitir y generar conocimiento en condiciones de libertad, equidad y pluralismo. Por ejemplo, la compleja investigación sobre el genoma humano de la Universidad de California quedó a disposición de todos en la red porque es una universidad pública, en tanto que la investigación paralela hecha en instituciones privadas es una mercancía más por la cual hay que pagar.

Un sistema universitario público que permita a alguien joven de Punta Arenas o de Iquique o de Valparaíso o de Santiago estudiar lo que su vocación le señala dentro de lo que el sistema social puede sensatamente ofrecerle como campo de desempeño, en condiciones de buen trato, equidad, pluralismo y convivencia con personas no siempre del mismo medio o de las mismas convicciones, será sin duda un potente ecualizador cultural, social y económico, una escuela de civismo.

Que las universidades públicas sean el motor de un nuevo modelo obliga a los académicos, estudiantes, personal de colaboración y gestores de las universidades estatales a ponerse las pilas. Muchas ineficiencias que se dejan pasar hoy porque el sistema ha sido injustamente atacado tendrían que remediarse. Los planteles deben contar con sistemas razonables y eficientes de gobierno orientados al cumplimiento de su misión. La gestión participativa es vital, pero no debe suponer blanduras en la toma de decisiones y en las sanciones cuando estas deban aplicarse. Las universidades estatales se obligan, en un nuevo esquema, a garantizar calidad según estándares homologados internacionalmente.

Si a un financiamiento adecuado se une una reforma operativa, y ello se hace contando con que el acceso no quedará afectado por el menor poder adquisitivo de los que pertenecen a sectores más vulnerables, y que habrá herramientas para frenar las malas prácticas de las universidades privadas, podríamos esperar razonablemente un cambio de modelo. Pero este no vendrá por sí solo: quienes creemos en las universidades públicas debemos visualizarlo, sentirlo viable, y proponerlo al país.

Hoy tenemos un modelo de mercado donde las universidades estatales pueden, como las privadas, desplegar su oferta a los consumidores de educación superior. Este engendro no es viable. Pertenece a un modelo de pensamiento neoliberal para el cual la educación es un bien de consumo. Pero la educación es otra cosa.

El país reclama hoy un sistema nacional de universidades públicas modernizadas y dinámicas, para que se desarrolle allí el saber en condiciones de equidad, complejidad y pluralismo.

Esto significará, como ocurre en cada reforma importante, fundar nuevas universidades estatales, reformular algunas, reubicar a otras. Podríamos pensar, por ejemplo, más allá de suspicacias: ¿Debería quizá fortalecer su matriz tecnológica la USACH, a la manera de muchas grandes universidades de países desarrollados, coordinándose con universidades de regiones que se orientan hoy en similar dirección? ¿Podrían la Universidad de Chile y la Universidad de Playa Ancha –otro caso– revincularse activamente con la UMCE para reformular un plan de oferta pedagógica con alcance nacional? Acomodos estos que, de hacerse, jamás debieran ocurrir al modo autoritario de la dictadura, sino por el contrario, mediante procesos participativos y consensuados.

A veces la descentralización quiere decir universidades más pobres allí donde hay menos recursos, lo que es un atentado al principio de equidad y una burla para la descentralización. A menudo las universidades estatales se han visto a ofertar precipitadamente productos de consumo educacional para poder sobrevivir, siguiendo modas, sin criterios estructurados. Ello no sería sostenible en un nuevo modelo nacional.

Las universidades no estatales, por su parte, harían bien en asumir su condición. Algunas de las que se dicen públicas, si quieren realmente serlo, quedan invitadas a donar sus terrenos e instalaciones al estado, y si prefiririeran no hacerlo deben reconocer que son privadas. Serán un complemento del sistema, no su motor. A menudo las universidades que son consideradas “las mejores” tipo Harvard son corporaciones privadas casi siempre tradicionales y escoradas hacia lo confesional y lo elitista. Sus indicadores son altos cuando se trata de tener Premios Nobel o postgrados o investigaciones, pero sin duda no serían tan altos si midiéramos sus esfuerzos por la equidad o sus contribuciones al pluralismo y al sentido cívico. Su control suele escapar al gobierno participativo de sus integrantes o a la voluntad de los ciudadanos, y se resuelve finalmente entre unas cuantas familias o individuos o grupos económicos a menudo externos. Quizás hagan grandes aportes al clasismo, a la desigualdad, al miedo, al sometimiento de los ciudadanos a normas misteriosas que brotan desde los grupos más privilegiados.

En cuanto a las que hoy se dicen universidades pero son meros negocios ideológicos o inmobiliarios o de oportunismo mercantil, deberían quedar impedidas de usar la denominación de Universidades.

PUBLICADO EN “EL MOSTRADOR” (le cambiaron un poco el título)

LA PSU ME QUIERE GOBERNAR

Posted in judicialización de la pedagogía, mercado, pedagogía by jgtejeda on septiembre 29, 2009

La PSU es un formulario oficial de preguntas y respuestas que los estudiantes egresados de educación media deben responder satisfactoriamente a fin de postular a la universidad. Las preguntas son habitualmente capciosas, y tratan de confundir al postulante, que a su vez debe ser más astuto que los astutísimos seres que redactan las preguntas.

No es que quiera ufanarme personalmente de nada, pero puedo contar que un párrafo que escribí yo en algún artículo o libro se ha usado en la PSU, preguntándose a los postulantes qué quería decir exactamente el autor, y ante las cinco respuestas posibles no fui yo mismo, que lo había escrito, capaz de responder. En verdad, el texto es abierto, literario, y no soporta la disección científica en base a opciones de respuesta que excluyan a las otras. O sea que el texto carece de una “respuesta correcta”, porque lo correcto o incorrecto no forma parte importante de lo literario. Esta contradicción flota de manera insistente sobre toda la parte de la prueba que tiene que ver con historia, con idiomas o con las artes, saberes donde la interpretación subjetiva suele ser más relevante y más sólida que los hechos.

La PSU representa un esfuerzo de la sociedad por medir conocimientos. Hay quienes se esfuerzan por comprobar quien es el alumno que sabe más, y quien el que sabe menos. Necesitan hacerlo, tal como necesitan saber cuál es la mujer más bella del universo, o el poeta más exitoso, o la canción más romántica de la historia, y en verdad no es posible sancionar un ordenamiento objetivo y universal porque ni la belleza ni la poesía ni el romanticismo funcionan así…. En fin, gracias a este test logramos ordenar matemáticamente a los postulantes por sus puntajes. Los puntajes marcan la habilidad de los muchachos y muchachas para resolver este singular sudoku, eso es indiscutible, pero no necesariamente los conocimientos, destrezas y actitudes que corresponden a alguien que sabe de lo suyo. Quizá los jóvenes que hacen la PSU poseen adicionalmente habilidades sociales, musicales, digitales, deportivas, etc., que la prueba no mide. Los campos de conocimiento relevantes de la prueba no están confiados al criterio de los jóvenes, sino al de las autoridades ministeriales, a burócratas. ¿Tiene una joven de quince años el deber de concentrarse en las propiedades del precipitado de fenolftaleína más que, digamos, en asuntos de psicología o de moda o de barrio?

La PSU es un artilugio para ponerle números a lo que en verdad carece de números, como es el conocimiento. Uno comprueba si alguien domina un determinado campo del saber cuando ve que el cuerpo de la persona se despliega armónicamente, con energía y precisión, en ese ámbito. Es lo que se ha dado en llamar la danza del conocimiento, el modo seguro de moverse de un piloto de avión, de un profesor experimentado, de un buen cocinero.

Pero detrás de todo el fenómeno PSU está la necesidad de muchos por judicializar la pedagogía. Al final, se trata de saber si el (o la) estudiante es culpable o inocente. Con bajo puntaje, aparece a la vista la culpabilidad de aquel joven su pereza, su idiotez, su inadaptación, su carácter residual. Y para los afortunados que solucionan el sudoku, los inocentes, aquella tersura de inmaculado, lo inteligente, lo previsor, lo trabajador. No sabemos si realmente la prueba mide conocimientos. Pero sí es seguro que los postulantes, después de haberla hecho, quedan etiquetados, condenados, con su puntaje amarrado al tobillo a la manera de los antiguos presidiarios.

Lo judicial, sin embargo, sólo sabe de culpas o inocencias, y por eso atiende poco a los matices. Judicializar la enseñanza es, en verdad, contradecir el modo como aprendemos. Aprendemos durante toda la vida, y lo hacemos de manera silenciosa, a veces sin darnos cuenta, aprendemos de los amigos, del entorno, de los seres queridos, de la televisión, de internet, aprendemos imitando, equivocándonos, maravillándonos… aprendemos dormidos o despiertos. El aprendizaje es un continuo, y tiene que ver  no sólo con respuestas correctas, sino también con valores, con sorpresas, con descubrimientos, con curiosidades.

Puede que el fundamento ontológico de la PSU sea, quizás, la necesidad de visualizar la existencia (caótica, incomprensible) como un edificio ordenado donde cada cual ocupa el lugar que le corresponde. La PSU es un corte transversal que pretende reemplazar las entrañas de cada joven por un número. Pero en fin, dirán las mentes prácticas, es esta la única manera de garantizar que a la universidad vayan los más aptos. Y uno sabe que cuando se recurre a la frase “la única manera” podemos esperar después en cualquier cosa. Aparte de que hoy no son ya los jóvenes quienes van detrás de las universidades sino al revés, las universidades (con ese nombre funcionan muchas de ellas pese a no serlo) van detrás de los jóvenes, o sea de los clientes. Y ya en el terreno del mercado, la PSU es un nuevo nicho de productos y servicios, entre los cuales encontramos a institutos, sitios web, libros, manuales, etc., todos los cuales se afanan en adaptar el alma de los jóvenes a estos cuestionarios que se resuelven más con astucia que con sabiduría.

Finalmente lo más amargo de la PSU es que (como las notas) consagra a la educación como una cosa terrorífica, obligatoria, desagradable, cuyo premio no sería lo que descubrimos personalmente al conocer, sino un número más grande o más pequeño según sea la cantidad de respuestas acertadas, una recompensa externa que rebaja el valor del conocimiento y lo despoja de su belleza natural. Hay algo de deshumanización en todos estos tests y en todos los formularios. Como afirma el pedagogo John Holt, los seres humanos somos máquinas de aprender, y aprendemos autónomamente, por puro gusto, sin necesidad de instituciones, en cada momento de nuestra existencia. La pretensión de que el saber debe ser un producto medible porque o si no, no vale, la actitud pesimista de que lo importante es el test y no el goce de descubrir el mundo, son nubes negras y tristes que flotan sobre esta y cualquier otra PSU que pretenda gobernarnos.

por JGT, hoy en EL MOSTRADOR _________ algunos comentarios recibidos

La universidad pública, jardín de lentitudes

Posted in estudiantes, fau, gestión, ocio, pedagogía, universidad de chile, universidades públicas by jgtejeda on septiembre 3, 2009

Por razones filosóficas, operativas, tradicionales y de convivencia, perder horas de clases es una de las actividades más recurrentes en las universidades públicas, entre nosotros, en otras latitudes, ahora y desde siempre. Esta tendencia suele ser más palpable en las carreras humanistas o artísticas. Las ingenierías, medicinas y economías, demandantes de conocimientos exactos para resolver problemas precisos (en verdad, son disciplinas más bien técnicas), tienden en cambio a ser algo más estrictas en los cumplimientos horarios. Pero en todos los casos hay una administración del tiempo más bien laxa.

A veces es un paro estudiantil, una protesta o incluso una toma (es decir, la siempre censurable ocupación ilegal de los locales y el desalojo también ilegal de las autoridades y académicos). Puede ser también una alegre bienvenida de mechones o despedida de graduados. O la adhesión de los funcionarios a protestas de otros gremios. También valen los días puente o sandwich, es decir los que se conceden al descanso por quedar entre un feriado y el fin de semana. Los viernes por la tarde la carga académica se debilita y la docencia se hace a medio gas ya que los estudiantes, por su edad, afinan la puntería social y comienzan a hilvanar sus carretes. Del mismo modo, a principio de año los inicios son confusos y lentos, y hacia noviembre ya se desacelera la marcha para preparar los exámenes de fin de año. Aparte de eso están las suspensiones de clases debidas a claustros, coloquios, jornadas de reflexión, visitas de personajes ilustres, fiestas, carnavales o congresos internacionales.

Hay quienes desde una mirada fría y operativa censuran radicalmente estos usos. Es un poco la idea que de modo tan nítido expresó Pinochet cuando dijo que “a la Universidad se va a estudiar”.

Pero estudiar, o mejor dicho aprender, es también tener la oportunidad para protagonizar hazañas. Sin haberlas realizado nadie sale realmente del colegio, nadie se forma integralmente. Los jóvenes que se toman un local, organizan una jornada, lanzan una revista, convocan una asamblea, asisten a un concierto rock o preparan una fiesta nocturna o una película, entran en el mundo heroico de lo que se hace por vez primera, y sienten el calor amable de enfrentarse, aunque sea sin grandes peligros, a esas dos atrocidades de la existencia que son el calendario y el horario. Una vida universitaria integral es mucho más que copiar apuntes y dar pruebas. Y desde este punto de vista las universidades públicas cuentan con una gloriosa tradición abierta a la participación, a las iniciativas personales o grupales, a las sociedades diversas, al desarrollo de las personas más allá de ser estudiantes aplicados. Todo ello desde un firme respeto por la diversidad y la libertad de expresión. Muchas veces es más formativo entrar en un grupo político o fundar una revista que asistir a una clase boba.

La sabiduría está en mantener los debidos equilibrios. Piensa uno que si en una determinada escuela o facultad se ofrecen semestres de 18 semanas lectivas y permanentemente no se cumple ese compromiso, sería más prudente ofrecer semestres de 16 semanas, o de 15, y ser fieles a la palabra empeñada. Hay que ser serios, y pensar en los estudiantes de intercambio, o en las almas mateas, que también tienen derecho a lo suyo.

Es decir, la mezcla ideal es ser capaces de desplegar ante el estudiantado un territorio donde las actividades docentes se garantizan, pero queda aún espacio y están los recursos para las hazañas, para los experimentos, para el enriquecimiento personal sin programación previa. Cuando las cosas se desequilibran lo que vemos a menudo es a un grupillo de estudiantes envueltos en consignas y muy entusiasmados por algo y a cientos o miles de sus compañeros que, aburridos -aquella entusiasta protesta o jornada no es lo suyo- prefieren quedarse en casa “hasta que comiencen de nuevo las clases”. La peor vista de un campus es aquella donde no hay nadie. La más bonita, cuando a los jóvenes hay que expulsarlos por la noche para cerrar.

Ya Aristófanes se mofaba de los filósofos perdiendo el tiempo con sus disquisiciones absurdas. Y desde el siglo XIII la universidad ha sido siempre un jardín de lentitudes, un espacio donde los estudiantes disfrutan por unos años de los privilegios de la libertad sin tener la esclavitud de ganarse la vida, y donde los académicos acumulan una dulce caspa epistemológica con bajos ingresos tal vez, pero cerca del saber y lejos de las tensiones casi siempre ridículas del mercado. Los jugos vitales de la vida universitaria están, más que en las aulas, en los pasillos, los pórticos, los patios, las cafeterías, las inmediaciones; no tanto en las actividades programadas como en las casuales.

El conocimiento es una convicción del ser, y por tanto no se cumple desde una actividad siempre frenética y preguiada. El aprendizaje no es tanto una acumulación de datos como un proceso complejo que debe guisarse, como los buenos platos, en los tiempos debidos. Las admiraciones y los afectos, las actividades en equipo, la adecuada administración de los vicios y virtudes capitales, las curiosidades de cada cual sean éstas precisas o difusas o arbóreas, el ser capaces de entrar o salir por las distintas puertas del saber, el manejo del tiempo infinito o finito, la programación y la antiprogramación, la adquisición de certezas éticas, el afinamiento de la vocación personal, la maduración corporal y espiritual, la actitud diríamos circular ante lo que se necesita para ser personas integrales, todo eso es el crecimiento. Y sólo en libertad crecen los árboles sin convertirse en bonsais.

Las universidades públicas chilenas, pese a haber sido tan maltratadas durante las últimas tres décadas, han logrado la hazaña de preservar la adecuada pérdida del tiempo oficial para convertirlo en ganancia de tiempo personal o grupal. Pero eso no quita que se puedan entregar seguridades de cumplimiento horario y lectivo. Una hora de clases tiene un costo preciso, y si se reemplaza por otra actividad lo sensato es que ese reemplazo no signifique caer en la nada o dilapidar recursos que cuesta mucho allegar. La aritmética y la consistencia no están reñidas con el humanismo sino que son ambas parte de él. Jardín de lentitudes, la universidad pública contemporánea debe ser también un sistema confiable de administración de los tiempos y los recursos. (por JGT, hoy en El Mostrador) ___ reproducida en blog de F. Córdova ngan.ü .. por Antonio Tironi… en TODOPOLITICA ___ ….ALGUNOS COMENTARIOS

La incompetente formación por competencias

mitelli19

Quienes somos profesores universitarios maduros, o de madurez avanzada, contemplamos a veces con distancia, si no con incomodidad, los usos pedagógicos de esta era global y anglosajona donde la universidad ha llegado a ser una industria. Andan rondando mucho formulario y mucha metodología cuadriculada en estado puro. Lo que está de moda es la enseñanza por competencias.

Los expertos internacionales han determinado -en inglés- un listado de áreas en que los estudiantes deben ser competentes. Y el paso por la universidad consiste cada vez más en una suerte de escalera donde los peldaños son el dominio de estas competencias: capacidad de análisis y síntesis, resolución de problemas, trabajo en equipo, liderazgo, conocimiento de culturas y de costumbres de otros países, compromiso ético, orientación a resultados, etc. ¡El compromiso ético es la competencia número 28, equivalente a “habilidades de búsqueda” o “interés por la calidad”!

Este sistema tiene la virtud de operar como un software universal, es decir, aplicable en cada país y cada universidad, de tal manera que un estudiante de arquitectura de San Luis Potosí puede hacer dos semestres en su ciudad, otro en Amsterdam, y concluir luego sus estudios en Vancouver, y pese a las lógicas diferencias, las competencias serán las mismas. Es lo que se llama el “tuning” o estar todas las universidades en la misma onda.

La mayoría de las competencias se orientan a la producción de resultados, no al mero almacenamiento de saberes, y eso es evidentemente un avance. Los estudiantes hacen suyas determinas habilidades, conocimientos y actitudes, y son capaces de aplicarlas en los tratos con la realidad.

La enseñanza por competencias, además, puede ser medida, y esa es otra obsesión del sistema: que lo hecho en el aula sea finalmente judicializado, y salgan de allí el estudiante con su nota y el profesor con su evaluación, obtenidas ambas mediantes parámetros objetivos, ojalá a través de formularios. Adicionalmente, el sistema hace florecer a una serie de funcionarios anónimos, burócratas del método, guardianes de la abstracción pedagógica.

Ocurre, sin embargo, que en el mundo real la actividad pedagógica se desarrolla entre seres humanos, todos distintos entre sí. Y si bien es cierto que la formación por competencias tiene sus ventajas, también es verdad que se queda sólo en ciencia pedagógica. La ciencia nos tranquiliza porque es objetiva y funciona sobre la base de previsiones. Pero la pedagogía humanista, la de las universidades públicas tradicionales de raigambre europea, ha sido siempre más un arte que una ciencia: el arte entendido del modo como los clásicos hablaban de “el arte de la navegación” o de “el arte de la política” o incluso de “el arte de amar”. Un sistema de saberes a veces objetivos, a veces ocultos, que arranca de la tradición y se basa en el respeto a las personas tal como son, con su aura, con su energía variable, y no como los formularios suponen que son.

Si la ciencia genera casi siempre una serie de casilleros y casos típicos u objetivos a los cuales hay que amoldarse anónimamente (insuficiente, bueno, excelente, normal, fuera de norma, 90% de cumplimiento, 60%, 10%, o bien un 1, un 4, un 7, aceptado, rechazado, etc.), el arte se centra en los sujetos y en los pliegues o rizomas de su crecimiento personal. Más que lo que se enseña vale en verdad lo que se aprende, y el modo como cada cual se apropia de lo que necesita para su propio crecimiento, en condiciones intransferibles. El saber es algo que se pasa de mano en mano, artesanalmente.

La pedagogía humanista tradicional, centrada en las personas, se desarrolla a partir de la dialéctica maestro-discípulo, entendiendo que el discípulo al crecer emprenderá su viaje en solitario y se hará finalmente maestro, y que el maestro, a su vez, cambia cada vez que enseña. La objetividad cuenta aquí menos que las afinidades naturales. Nada que ver con una tijera podadora universal. La pedagogía se entiende, pues, sobre todo, como el esfuerzo por asegurar un ambiente y unos recursos donde el crecimiento de estudiantes y profesores sea posible en condiciones de libertad, respeto, equidad, herramientas y espacios adecuados, consideración por los deseos de cada persona individual, confianza en las curiosidades auténticas de cada uno, etc…

Cada cual conoce su propio ritmo de aprendizaje. A nadie “se le aparece” un saber estudiando para una prueba o marcando una crucecita en el formulario de un examen. Aprendemos en los momentos más inesperados, y crecemos sin darnos cuenta aunque al mismo tiempo sabemos distinguir si estamos aprendiendo o estamos perdiendo el tiempo, y lo sabemos sin necesidad de notas: el aprendizaje es transformación y habitación del propio Yo, incluso del propio cuerpo, y claramente percibimos esos cambios.

Observamos, pues, estos formularios modernos que nos desprecian y nos aburren, leemos los textos neoliberales y hamburgueseros de las competencias y del tuning, pero observamos cómo los tratos humanos van desprestigiándose y deteriorándose. Si antes era un honor para un estudiante ser invitado a la casa de sus maestros, hoy se ve aquello como algo sospechoso. En algunas universidades norteamericanas tomar un café un académico con una alumna puede ser un delito. Es efectivo lo que señala George Steiner respecto a los maestros abusones y a los discípulos traicioneros, pero como él mismo anota, esos son los riesgos inherentes a toda relación humana. Cuando reducimos el riesgo reducimos la humanidad. El viejo encanto de la universidad va derivando en conocimiento chatarra.

En fin, si un profesor quiere realmente hacer lo correcto debe estar preparado para que las evaluaciones que resulten de los formularios sobre su desempeño no le salgan muy buenas. Y es que la médula de lo que realmente se enseña y se aprende, lo que nos transforma como personas, no aparece en las evaluaciones ni en las metodologías abstractas. El arte de la cocina, el arte de hacer familia, el arte de aprender y enseñar, el arte de ser personas íntegras, no son reducibles a competencias.

Por eso es que quienes enseñamos en las universidades públicas debemos luchar por nuestras convicciones. Buscamos la calidad, y nos sentimos obligados a actuar de manera transparente. Es nuestro deber. Sin embargo, eso no quiere decir que vamos a tirar a la basura nuestra gloriosa tradición humanista para reemplazarla por una carpeta digital con organigramas y formularios de evaluación abstracta. (por JGT. Hoy en El Mostrador) ______  ALGUNOS COMENTARIOS RECIBIDOS>>>> …. reproducido en: Blog de Hernán Montecinos __ Blog de Sergio Merino ___ Todopolítica ___ Alejo Díaz :::Mauricio Arancibia __blog comoaprendemos___ La KafeteraAlvaro Cabrera en su Facebook….. académicos por la UTEM __funcionarios de la U. de Talca (califican la columna de audaz)_ en plaxo, de V.H. Vera _ en twitter lo recomiendan Andrés Vesper___ , giorgio bertini, alejandro olivares

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