EDUCACIÓN EN LIBERTAD
La verdad es que si yo hubiera salido a marchar por la educación cuando estaba en el colegio, hace ya muchos años, hubiera exigido no que lo mejoraran, sino que lo cerraran. Mi colegio, de curas y con lucro, me pareció siempre un recinto carcelario a cargo de personajes depresivos e ineptos. Su desaparición me hubiera devuelto la libertad.
En casa, mi padre se quedaba repasando los artículos que escribía a máquina para llevarlos a mediodía a la redacción de los diarios. Su muy personal ambiente creativo producía un desparramo de libros abiertos en el suelo y las mesas, revistas con marcas, música de jazz o de Bach, humo de cigarrillo y todo aquello que pudiera ayudar a la libertad de espíritu, a desplegar el ímpetu creativo. Sólo observando lo que hacía y gracias también a sus gestos, a sus miradas, aprendí con él muchísimo más que en el colegio, aprendí a entender la cultura como una conversación y no como un deber, también supe ganarme la vida más tarde con aquello, además de quedar de paso premunido de algunos valores que me parecen relevantes: la tolerancia, el sentido del humor, el amor por la libertad, la confianza en nuestra propia humanidad individual.
Nunca entendí por qué razones me obligaban a levantarme a unas horas absurdas, tiritando de frío y atemorizado, para dejar la tibieza del hogar e ir a dar a aquel cuartel que estaba considerado un gran colegio, pero que era asqueroso. No se puede mejorar una cárcel. No es posible optimizar un sistema que en lugar de hacernos conversar con las mentes más interesantes de todos los tiempos, cada cual a su manera y a su gusto, se empecinaba en exigirnos resúmenes, sumas, quebrados, memorizaciones botánicas y otras estupideces, a punta de amenazas y castigos.
Creo que la lección real del colegio era: niño, eso que tú crees que es tuyo, tu tiempo, nos pertenece. Y ese cuerpo que quizá imaginas que es también tuyo, nada, es del colegio, así es que uniforme completo, pelo corto, sin moverse cada uno en su pupitre, clase de gimnasia y los viernes de rodillas en la iglesia. Y nada de pensamientos aviesos, que tu mente también es cosa nostra. Una sistemática violación de los derechos humanos en nombre de una cultura despreciable de cuaderno y libros de textos. Lo intuía yo claramente comparando aquella basura con la cultura tolerante y entusiasta de mi papá.
Pero nuestros jóvenes de hoy están decididos a mejorar la educación. No sé si se pueda mejorar algo tan dañino, y es cuestión de ver, lo primero que se hace en un colegio es instalar la reja del perímetro y el control de entradas y salidas. ¿Por qué no dejar que cada cual entre o salga libremente? Lo que más vale son las notas, una especie de dinero negro del conocimiento que en verdad nada tiene que ver con su sustancia. Cuando aprendemos algo que nos sirve estamos naturalmente contentos, y no necesitamos premios adicionales y menos castigos. ¿Para qué? Aprendemos porque lo necesitamos, no para ser evaluados.
Suponemos quizá que los niños están mejor en el colegio, más seguros, pero hay ahora muchos colegios que llevan meses sin clases y no se perciben mayores daños en nadie. Yo creo que los padres ponen allí a los niños para huir de la casa y sumergirse también ellos en sus prisiones ansiosas, y hacer dinero para pagar ansiosamente muchas cosas que no necesitan. Transfieren a los colegios la función de educar, creyendo que la educación es una mercancía, un servicio que se puede externalizar a cambio de una suma mensual.
Lo que sí es cierto es que en el sistema educativo nacional hay cárceles más pirulas y cárceles menos, y que se trata de una encarcelación muy segmentada por clase social, por barrio, por el azul o marrón de los ojos, incluso por la inteligencia o capacidad de sometimiento, sin que los niños tengan responsabilidad alguna en esos afanes por discriminar que dan asco. En todos los casos, sin embargo, se les enseña a los estudiantes no lo que quieren aprender, sino lo que unos burócratas de la pedagogía creen que debe enseñarse, con horario impuesto, en recintos numerados y por materia etiquetada.
Da lo mismo tanto esfuerzo, porque finalmente a uno se le queda dentro bien poco de todo aquello, y menos peso aún tiene esa materia existiendo google, que allí está todo sin tener que ponerse un uniforme y escuchar sentado a un compadre no muy convencido explicando algo de manera autoritaria.
Los niños son curiosos y aprenden por sí solos, como los adultos. Somos buenos para aprender, los humanos. Y los colegios son una prótesis medio ridícula donde se propagan los peores vicios de nuestra sociedad clasista y paranoica. En unas décadas o siglos más, si el planeta sigue un poco donde está, contemplarán nuestros sucesores con una sonrisa burlona nuestros afanes por mejorar la educación. La educación es algo constitutivo de nuestro ser, una fuerza dinámica, no un edificio, ni una marca, ni un programa, ni una libreta de notas, ni un título o un postítulo.
Comparada con los colegios, la universidad siempre me pareció un espacio de libertad. Finalmente uno puede elegir en ellas qué estudiar, aunque no siempre, porque hay padres que insisten en imponer sus propios gustos a los hijos, chantajeándolos. Lo cierto es que cada cual debe hacerse cargo de su propia vida, y lo que el padre estudió o no estudió es su asunto, no el de sus hijos.
No sé por qué en Chile no ir a la universidad es en muchas familias una especie de drama: no quedó!… no le dio el puntaje! Madres sollozando, padres encolerizados, o al revés. Es mejor, como decían los fundadores de Summerhill, ser un carpintero feliz que un Primer Ministro neurótico. Pero en Chile, aunque no tengamos Primeros Ministros, estamos apostando fuerte por la neurosis. La mera pregunta “qué vas a estudiar” cuando sale alguien del colegio es ya un poco pasadora a llevar. Esa persona ya estudió, y sabrá cada cual si quiere o no seguir sentado en un banco repasando hojas de libros. La pregunta respetuosa, si hay interés, es preguntarle al joven o a la joven a qué piensa dedicarse.
Existen muchas universidades, sin embargo, que se esmeran en ser como colegios aunque no haya que llevar uniforme y se permita fumar a los estudiantes en los recreos. Son estrictas, con mucha cosa obligatoria, tareas, retos, apuntes, notas, promedios, indicadores, toda esa parafernalia que nada tiene que ver con el conocimiento auténtico.
En eso las universidades públicas son más evolucionadas, hay menos marcación personal y al mismo tiempo más libertad y mayor formación en las propias responsabilidades. El proyecto humanista consiste en entregar a los jóvenes un espacio abierto y con recursos, donde pueda cada cual organizar su crecimiento y su maduración según sus propios intereses y motivaciones.
Con estas movilizaciones estudiantiles tan bonitas en cuanto a la meta que se han propuesto, nos ha aparecido a veces a la vista la parte más oscura de las universidades públicas, especialmente con las “tomas”, que significan interrumpir no sólo la programación prevista, sino además la libre circulación de las personas. Los organizadores de las “tomas” instalan lienzos, candados, controles de entrada, también puede que un pequeño club de encapuchados, y programan actividades tipo campamentos juveniles de los antiguos países comunistas, todos opinando más o menos lo mismo, marchando, en pos de unos ideales, y muy enojados, no se vaya uno a oponer en una asamblea a lo que están tratando de hacer. Siendo emocionante, no hay en aquel tipo de organización libertad para pensar, para opinar o para entrar y salir. Uno no entiende cómo en una universidad pública, que se define identitariamente por su pluralismo, por su no discriminación, se permite que grupos de personas se apropien físicamente de los lugares, discriminen, segreguen, etc.
A mucha gente le gustan mucho las “tomas”, sin embargo. Tal como son muy populares los colegios con sus rejas perimetrales y sus uniformes. De la misma manera como se pretende manipular a los jóvenes para que estudien, digamos, derecho y no por ejemplo gastronomía. O como se afanan algunas universidades privadas en atrincar bien a sus pupilos.
Son manifestaciones, todas ellas, del gusto de mucha gente por la esclavitud. De la desconfianza en la naturaleza curiosa y creativa de las personas. Una moralina pesimista, revestida de ideas de derecha o convicciones de izquierda, da lo mismo, porque su norte es combatir la libertad.
La libertad nos da miedo porque significa hacernos cargo de nosotros mismos. Se trata, siendo libres, de pensar, de decidir, y de defender lo que uno ha pensado y decidido, porque de otro modo no se siente uno bien consigo mismo. Se trata de confiar en nuestros sentimientos profundos, en esa voz que nos dice qué es lo recto y lo no recto. Ser honestos nos obliga a cierta modestia, a hacernos cargo de nuestra realidad personal e intransferible, de nuestros deseos.
Pese al miedo que da y al esfuerzo que comporta, es mucho más bonita y plena una existencia libremente escogida que una vida esclava. En rigor, sólo una existencia en libertad, respetando por cierto a los demás, merece llamarse humana.
Quienes venden esclavitud (en cualquiera de sus modalidades educacionales o ideológicas) a menudo se la sacan argumentando que es “por ahora”, que es preciso sacrificarse ahora para ser libres más tarde. Mi experiencia me dice que quien practica la esclavitud en las cosas pequeñas la defiende también al final en las grandes cosas. Que cuando uno entrega tontamente un trocito pequeño de su propia libertad y de su propia sensatez, termina por entregarla toda. Lo que está en juego cuando nos esclavizamos o no dejamos que nos esclavicen es nuestra identidad, nuestra diferencia gozosa de habitar cada uno de nosotros en propiedad nuestro propio ser, que se educa cada día, a su pinta, lejos de negociantes, burócratas o comisarios políticos.

Profe, para que no lo leseen después, en el párrafo 6 hay un error, se repite ‘los padres’ innecesariamente. Y en el párrafo 11 falta un ‘no’: “Esa persona ya estudió, y sabrá cada cual si quiere o _ seguir sentado en un banco repasando hojas de libros.”
ya corregí las faltas D, gracias
Hola profe, espero que se encuentre bien.
Por lo demás, me gustó bastante la columna, en especial la primera mitad. La verdad es que en el caso de la toma de la FAU, la apoyo pues ahí no respetan el paro, cosa que en Gómez Millas no ha sido problema. Sé que atenta contra las leyes y normas y algunas libertades, pero supongo que toda esta lucha, este despertar, es parte de algo mayor, de un alzamiento de la sociedad en la recuperación de sus derechos, de una mayor libertad, no total, claramente, para eso tendríamos que hacer lo que dice usted y exigir que cierren esta máquina que educa motivada por el dinero, donde la vocación y el individuo quedan subyugados al mercado y a las aspiraciones de una vida burguesa cómoda, light, insípida, plástica y vacía. En todo caso, creo que vamos encaminados hacia esa utopía de educación libre, de desarrollo individual en el que la gente pueda realizarse. Los padres que lloran por que sus hijos no pudieron entrar a una de esas carreras con buen campo laboral, bien pagadas y prestigiosas, de esas carreras que el sistema exige para seguir aumentando la brecha social, lo hacen pues no quieren que sus hijos tengan las mismas dificultades económicas que ellos han tenido, teniendo que entregar sus vidas a sus trabajos asquerosos. Claro, en muchos casos imponen a sus hijos estudiar una u otra cosa, por suerte he tenido el apoyo de mis padres para estudiar diseño y luego cambiarme a mitad de carrera a artes plásticas (jaja). Pareciera ser que efectivamente para algunos vale la pena esclavizarse y vender sus almas, si es que la paga es buena.
Sin embargo, no creo que todos los compañeros presentes en la toma piensen que sea una manifestación por el gusto a la esclavitud, a menos que tomemos el concepto ‘universidad pública’, o incluso, el concepto ‘educación pública’ como cierta forma de esclavizarse. Claro, comparado con la educación libre, esa que nace intuitivamente en cada uno de nosotros, ese llamado al saber y al hacer que sentimos, las aulas de clase y sus profesores severos, las notas y los trabajos que nos obligan a trasnochar y dejar de lado aquellas otras cosas que enriquecen nuestras vidas, es bastante fácil reducir nuestro sistema a una gran cárcel, en la que algunos piensan que la libertad es pasar de una jaula a otra más espaciosa. Es más, diría que están (estamos) conscientes de todas las cosas malas que se derivan de este estancamiento del ritmo académico, de las enormes pérdidas y riesgos que se conllevan, pero como oí en una de esas angustiantes e interminables asambleas: ‘ante un bien mayor, cualquier mal es menor’. Los jóvenes se la están jugando y a su vez mandando todo el orden, burocracia y vicios de este sistema podrido a la mierda, y en el proceso no consideramos que estemos entregando parte de nuestra libertad (es más, siempre intento llamarles la atención a mis amigos exponiéndoles que la revolución comienza por uno, que si queremos combatir el capitalismo, debemos estar dispuestos a renunciar a ciertos beneficios de este sistema, siempre que se deriven de cosas a las que nos oponemos, lo que no sería reducir nuestras libertades, sino ser consecuentes en el camino a una libertad real y respetuosa con el mundo y la vida –también sé que soy inconsecuente en algunas cosas, pero al menos estoy consciente de ello y trato de cambiarlo-).
Es que hay más cosas implicadas en cada individuo, y la toma o el paro no se han convertido en el centro que rija las vidas de quienes lo apoyan, por lo menos, de más del 70% de quienes los apoyamos, dado que un paro es eso, es estancar para ejercer presión y manifestar descontento, es un detener para poder avanzar de forma más eficaz y justa. Y es que, por ejemplo, en mi caso personal, el año se me ha ido en un drama tras otro, y me he entregado por completo a esos sentires y crisis que se me han aparecido, y he crecido, aprendido tanto, ha sido tan valioso que de algún modo siento que he sido libre, me he hecho responsable de mi vida. El asunto es que la libertad, a mi juicio, se deriva de una igualdad para poder tomar decisiones, sea en el ámbito que sea, y las injusticias sociales orientan y dirigen esas libertades en caminos muy estrechos y segregados, donde el horizonte de expectativas variará según la clase social y la motivación para avanzar estará dictada por una ilusión de bienestar económico, y no por la felicidad y la realización. De éste modo, asegurar una educación libre y gratis para todos, vendría a ser el remedio preciso para asegurar la máxima explotación de las potencialidades individuales. En ese sentido, siento que, como sociedad, estamos marchando hacia esa mayor libertad, hacia esa libertad que no discrimina ni condena a la gente a ser pobre desde el momento en que nace.
En fin, de todos modos comprendo que estés en contra de las tomas por representar en esencia un acto que reúne ideas y manifestaciones contrarias a las tuyas y a las normas y estatutos establecidos, y eso está súper bien y me gusta que escribas y ataques la toma explotando todos los medios que tienes para ello (de hecho, he discutido con varios amigos a quiénes les caen mal tus columnas y tu visión), eso ayuda a corregir los vicios que se han permitido en ella (que también me han parecido repudiables) y se crean debates bien divertidos en que todos vierten con convicción aquello que han construido en sus formas de ver la vida. Por lo demás, me pasa que contigo paso del usted al tú alternándose como forma de manifestar respeto y camaradería, cosa que he logrado con muy pocos profesores. Bueno, siempre me voy por las ramas, espero que no haya sido muy confuso mi post, además de sacar ese odio al sistema a cada rato, equis de. Un abrazo.