jgtejeda

LA PSU ME QUIERE GOBERNAR

In judicialización de la pedagogía, mercado, pedagogía on Septiembre 29, 2009 at 7:53 am

La PSU es un formulario oficial de preguntas y respuestas que los estudiantes egresados de educación media deben responder satisfactoriamente a fin de postular a la universidad. Las preguntas son habitualmente capciosas, y tratan de confundir al postulante, que a su vez debe ser más astuto que los astutísimos seres que redactan las preguntas.

No es que quiera ufanarme personalmente de nada, pero puedo contar que un párrafo que escribí yo en algún artículo o libro se ha usado en la PSU, preguntándose a los postulantes qué quería decir exactamente el autor, y ante las cinco respuestas posibles no fui yo mismo, que lo había escrito, capaz de responder. En verdad, el texto es abierto, literario, y no soporta la disección científica en base a opciones de respuesta que excluyan a las otras. O sea que el texto carece de una “respuesta correcta”, porque lo correcto o incorrecto no forma parte importante de lo literario. Esta contradicción flota de manera insistente sobre toda la parte de la prueba que tiene que ver con historia, con idiomas o con las artes, saberes donde la interpretación subjetiva suele ser más relevante y más sólida que los hechos.

La PSU representa un esfuerzo de la sociedad por medir conocimientos. Hay quienes se esfuerzan por comprobar quien es el alumno que sabe más, y quien el que sabe menos. Necesitan hacerlo, tal como necesitan saber cuál es la mujer más bella del universo, o el poeta más exitoso, o la canción más romántica de la historia, y en verdad no es posible sancionar un ordenamiento objetivo y universal porque ni la belleza ni la poesía ni el romanticismo funcionan así…. En fin, gracias a este test logramos ordenar matemáticamente a los postulantes por sus puntajes. Los puntajes marcan la habilidad de los muchachos y muchachas para resolver este singular sudoku, eso es indiscutible, pero no necesariamente los conocimientos, destrezas y actitudes que corresponden a alguien que sabe de lo suyo. Quizá los jóvenes que hacen la PSU poseen adicionalmente habilidades sociales, musicales, digitales, deportivas, etc., que la prueba no mide. Los campos de conocimiento relevantes de la prueba no están confiados al criterio de los jóvenes, sino al de las autoridades ministeriales, a burócratas. ¿Tiene una joven de quince años el deber de concentrarse en las propiedades del precipitado de fenolftaleína más que, digamos, en asuntos de psicología o de moda o de barrio?

La PSU es un artilugio para ponerle números a lo que en verdad carece de números, como es el conocimiento. Uno comprueba si alguien domina un determinado campo del saber cuando ve que el cuerpo de la persona se despliega armónicamente, con energía y precisión, en ese ámbito. Es lo que se ha dado en llamar la danza del conocimiento, el modo seguro de moverse de un piloto de avión, de un profesor experimentado, de un buen cocinero.

Pero detrás de todo el fenómeno PSU está la necesidad de muchos por judicializar la pedagogía. Al final, se trata de saber si el (o la) estudiante es culpable o inocente. Con bajo puntaje, aparece a la vista la culpabilidad de aquel joven su pereza, su idiotez, su inadaptación, su carácter residual. Y para los afortunados que solucionan el sudoku, los inocentes, aquella tersura de inmaculado, lo inteligente, lo previsor, lo trabajador. No sabemos si realmente la prueba mide conocimientos. Pero sí es seguro que los postulantes, después de haberla hecho, quedan etiquetados, condenados, con su puntaje amarrado al tobillo a la manera de los antiguos presidiarios.

Lo judicial, sin embargo, sólo sabe de culpas o inocencias, y por eso atiende poco a los matices. Judicializar la enseñanza es, en verdad, contradecir el modo como aprendemos. Aprendemos durante toda la vida, y lo hacemos de manera silenciosa, a veces sin darnos cuenta, aprendemos de los amigos, del entorno, de los seres queridos, de la televisión, de internet, aprendemos imitando, equivocándonos, maravillándonos… aprendemos dormidos o despiertos. El aprendizaje es un continuo, y tiene que ver  no sólo con respuestas correctas, sino también con valores, con sorpresas, con descubrimientos, con curiosidades.

Puede que el fundamento ontológico de la PSU sea, quizás, la necesidad de visualizar la existencia (caótica, incomprensible) como un edificio ordenado donde cada cual ocupa el lugar que le corresponde. La PSU es un corte transversal que pretende reemplazar las entrañas de cada joven por un número. Pero en fin, dirán las mentes prácticas, es esta la única manera de garantizar que a la universidad vayan los más aptos. Y uno sabe que cuando se recurre a la frase “la única manera” podemos esperar después en cualquier cosa. Aparte de que hoy no son ya los jóvenes quienes van detrás de las universidades sino al revés, las universidades (con ese nombre funcionan muchas de ellas pese a no serlo) van detrás de los jóvenes, o sea de los clientes. Y ya en el terreno del mercado, la PSU es un nuevo nicho de productos y servicios, entre los cuales encontramos a institutos, sitios web, libros, manuales, etc., todos los cuales se afanan en adaptar el alma de los jóvenes a estos cuestionarios que se resuelven más con astucia que con sabiduría.

Finalmente lo más amargo de la PSU es que (como las notas) consagra a la educación como una cosa terrorífica, obligatoria, desagradable, cuyo premio no sería lo que descubrimos personalmente al conocer, sino un número más grande o más pequeño según sea la cantidad de respuestas acertadas, una recompensa externa que rebaja el valor del conocimiento y lo despoja de su belleza natural. Hay algo de deshumanización en todos estos tests y en todos los formularios. Como afirma el pedagogo John Holt, los seres humanos somos máquinas de aprender, y aprendemos autónomamente, por puro gusto, sin necesidad de instituciones, en cada momento de nuestra existencia. La pretensión de que el saber debe ser un producto medible porque o si no, no vale, la actitud pesimista de que lo importante es el test y no el goce de descubrir el mundo, son nubes negras y tristes que flotan sobre esta y cualquier otra PSU que pretenda gobernarnos.

por JGT, hoy en EL MOSTRADOR _________ algunos comentarios recibidos

La universidad pública, jardín de lentitudes

In estudiantes, fau, gestión, ocio, pedagogía, universidad de chile, universidades públicas on Septiembre 3, 2009 at 8:04 am

Por razones filosóficas, operativas, tradicionales y de convivencia, perder horas de clases es una de las actividades más recurrentes en las universidades públicas, entre nosotros, en otras latitudes, ahora y desde siempre. Esta tendencia suele ser más palpable en las carreras humanistas o artísticas. Las ingenierías, medicinas y economías, demandantes de conocimientos exactos para resolver problemas precisos (en verdad, son disciplinas más bien técnicas), tienden en cambio a ser algo más estrictas en los cumplimientos horarios. Pero en todos los casos hay una administración del tiempo más bien laxa.

A veces es un paro estudiantil, una protesta o incluso una toma (es decir, la siempre censurable ocupación ilegal de los locales y el desalojo también ilegal de las autoridades y académicos). Puede ser también una alegre bienvenida de mechones o despedida de graduados. O la adhesión de los funcionarios a protestas de otros gremios. También valen los días puente o sandwich, es decir los que se conceden al descanso por quedar entre un feriado y el fin de semana. Los viernes por la tarde la carga académica se debilita y la docencia se hace a medio gas ya que los estudiantes, por su edad, afinan la puntería social y comienzan a hilvanar sus carretes. Del mismo modo, a principio de año los inicios son confusos y lentos, y hacia noviembre ya se desacelera la marcha para preparar los exámenes de fin de año. Aparte de eso están las suspensiones de clases debidas a claustros, coloquios, jornadas de reflexión, visitas de personajes ilustres, fiestas, carnavales o congresos internacionales.

Hay quienes desde una mirada fría y operativa censuran radicalmente estos usos. Es un poco la idea que de modo tan nítido expresó Pinochet cuando dijo que “a la Universidad se va a estudiar”.

Pero estudiar, o mejor dicho aprender, es también tener la oportunidad para protagonizar hazañas. Sin haberlas realizado nadie sale realmente del colegio, nadie se forma integralmente. Los jóvenes que se toman un local, organizan una jornada, lanzan una revista, convocan una asamblea, asisten a un concierto rock o preparan una fiesta nocturna o una película, entran en el mundo heroico de lo que se hace por vez primera, y sienten el calor amable de enfrentarse, aunque sea sin grandes peligros, a esas dos atrocidades de la existencia que son el calendario y el horario. Una vida universitaria integral es mucho más que copiar apuntes y dar pruebas. Y desde este punto de vista las universidades públicas cuentan con una gloriosa tradición abierta a la participación, a las iniciativas personales o grupales, a las sociedades diversas, al desarrollo de las personas más allá de ser estudiantes aplicados. Todo ello desde un firme respeto por la diversidad y la libertad de expresión. Muchas veces es más formativo entrar en un grupo político o fundar una revista que asistir a una clase boba.

La sabiduría está en mantener los debidos equilibrios. Piensa uno que si en una determinada escuela o facultad se ofrecen semestres de 18 semanas lectivas y permanentemente no se cumple ese compromiso, sería más prudente ofrecer semestres de 16 semanas, o de 15, y ser fieles a la palabra empeñada. Hay que ser serios, y pensar en los estudiantes de intercambio, o en las almas mateas, que también tienen derecho a lo suyo.

Es decir, la mezcla ideal es ser capaces de desplegar ante el estudiantado un territorio donde las actividades docentes se garantizan, pero queda aún espacio y están los recursos para las hazañas, para los experimentos, para el enriquecimiento personal sin programación previa. Cuando las cosas se desequilibran lo que vemos a menudo es a un grupillo de estudiantes envueltos en consignas y muy entusiasmados por algo y a cientos o miles de sus compañeros que, aburridos -aquella entusiasta protesta o jornada no es lo suyo- prefieren quedarse en casa “hasta que comiencen de nuevo las clases”. La peor vista de un campus es aquella donde no hay nadie. La más bonita, cuando a los jóvenes hay que expulsarlos por la noche para cerrar.

Ya Aristófanes se mofaba de los filósofos perdiendo el tiempo con sus disquisiciones absurdas. Y desde el siglo XIII la universidad ha sido siempre un jardín de lentitudes, un espacio donde los estudiantes disfrutan por unos años de los privilegios de la libertad sin tener la esclavitud de ganarse la vida, y donde los académicos acumulan una dulce caspa epistemológica con bajos ingresos tal vez, pero cerca del saber y lejos de las tensiones casi siempre ridículas del mercado. Los jugos vitales de la vida universitaria están, más que en las aulas, en los pasillos, los pórticos, los patios, las cafeterías, las inmediaciones; no tanto en las actividades programadas como en las casuales.

El conocimiento es una convicción del ser, y por tanto no se cumple desde una actividad siempre frenética y preguiada. El aprendizaje no es tanto una acumulación de datos como un proceso complejo que debe guisarse, como los buenos platos, en los tiempos debidos. Las admiraciones y los afectos, las actividades en equipo, la adecuada administración de los vicios y virtudes capitales, las curiosidades de cada cual sean éstas precisas o difusas o arbóreas, el ser capaces de entrar o salir por las distintas puertas del saber, el manejo del tiempo infinito o finito, la programación y la antiprogramación, la adquisición de certezas éticas, el afinamiento de la vocación personal, la maduración corporal y espiritual, la actitud diríamos circular ante lo que se necesita para ser personas integrales, todo eso es el crecimiento. Y sólo en libertad crecen los árboles sin convertirse en bonsais.

Las universidades públicas chilenas, pese a haber sido tan maltratadas durante las últimas tres décadas, han logrado la hazaña de preservar la adecuada pérdida del tiempo oficial para convertirlo en ganancia de tiempo personal o grupal. Pero eso no quita que se puedan entregar seguridades de cumplimiento horario y lectivo. Una hora de clases tiene un costo preciso, y si se reemplaza por otra actividad lo sensato es que ese reemplazo no signifique caer en la nada o dilapidar recursos que cuesta mucho allegar. La aritmética y la consistencia no están reñidas con el humanismo sino que son ambas parte de él. Jardín de lentitudes, la universidad pública contemporánea debe ser también un sistema confiable de administración de los tiempos y los recursos. (por JGT, hoy en El Mostrador) ___ reproducida en blog de F. Córdova ngan.ü .. por Antonio Tironi… en TODOPOLITICA ___ ….ALGUNOS COMENTARIOS

La incompetente formación por competencias

In judicialización de la pedagogía, pedagogía, universidad de chile, universidades chilenas on Agosto 21, 2009 at 8:51 am

mitelli19

Quienes somos profesores universitarios maduros, o de madurez avanzada, contemplamos a veces con distancia, si no con incomodidad, los usos pedagógicos de esta era global y anglosajona donde la universidad ha llegado a ser una industria. Andan rondando mucho formulario y mucha metodología cuadriculada en estado puro. Lo que está de moda es la enseñanza por competencias.

Los expertos internacionales han determinado -en inglés- un listado de áreas en que los estudiantes deben ser competentes. Y el paso por la universidad consiste cada vez más en una suerte de escalera donde los peldaños son el dominio de estas competencias: capacidad de análisis y síntesis, resolución de problemas, trabajo en equipo, liderazgo, conocimiento de culturas y de costumbres de otros países, compromiso ético, orientación a resultados, etc. ¡El compromiso ético es la competencia número 28, equivalente a “habilidades de búsqueda” o “interés por la calidad”!

Este sistema tiene la virtud de operar como un software universal, es decir, aplicable en cada país y cada universidad, de tal manera que un estudiante de arquitectura de San Luis Potosí puede hacer dos semestres en su ciudad, otro en Amsterdam, y concluir luego sus estudios en Vancouver, y pese a las lógicas diferencias, las competencias serán las mismas. Es lo que se llama el “tuning” o estar todas las universidades en la misma onda.

La mayoría de las competencias se orientan a la producción de resultados, no al mero almacenamiento de saberes, y eso es evidentemente un avance. Los estudiantes hacen suyas determinas habilidades, conocimientos y actitudes, y son capaces de aplicarlas en los tratos con la realidad.

La enseñanza por competencias, además, puede ser medida, y esa es otra obsesión del sistema: que lo hecho en el aula sea finalmente judicializado, y salgan de allí el estudiante con su nota y el profesor con su evaluación, obtenidas ambas mediantes parámetros objetivos, ojalá a través de formularios. Adicionalmente, el sistema hace florecer a una serie de funcionarios anónimos, burócratas del método, guardianes de la abstracción pedagógica.

Ocurre, sin embargo, que en el mundo real la actividad pedagógica se desarrolla entre seres humanos, todos distintos entre sí. Y si bien es cierto que la formación por competencias tiene sus ventajas, también es verdad que se queda sólo en ciencia pedagógica. La ciencia nos tranquiliza porque es objetiva y funciona sobre la base de previsiones. Pero la pedagogía humanista, la de las universidades públicas tradicionales de raigambre europea, ha sido siempre más un arte que una ciencia: el arte entendido del modo como los clásicos hablaban de “el arte de la navegación” o de “el arte de la política” o incluso de “el arte de amar”. Un sistema de saberes a veces objetivos, a veces ocultos, que arranca de la tradición y se basa en el respeto a las personas tal como son, con su aura, con su energía variable, y no como los formularios suponen que son.

Si la ciencia genera casi siempre una serie de casilleros y casos típicos u objetivos a los cuales hay que amoldarse anónimamente (insuficiente, bueno, excelente, normal, fuera de norma, 90% de cumplimiento, 60%, 10%, o bien un 1, un 4, un 7, aceptado, rechazado, etc.), el arte se centra en los sujetos y en los pliegues o rizomas de su crecimiento personal. Más que lo que se enseña vale en verdad lo que se aprende, y el modo como cada cual se apropia de lo que necesita para su propio crecimiento, en condiciones intransferibles. El saber es algo que se pasa de mano en mano, artesanalmente.

La pedagogía humanista tradicional, centrada en las personas, se desarrolla a partir de la dialéctica maestro-discípulo, entendiendo que el discípulo al crecer emprenderá su viaje en solitario y se hará finalmente maestro, y que el maestro, a su vez, cambia cada vez que enseña. La objetividad cuenta aquí menos que las afinidades naturales. Nada que ver con una tijera podadora universal. La pedagogía se entiende, pues, sobre todo, como el esfuerzo por asegurar un ambiente y unos recursos donde el crecimiento de estudiantes y profesores sea posible en condiciones de libertad, respeto, equidad, herramientas y espacios adecuados, consideración por los deseos de cada persona individual, confianza en las curiosidades auténticas de cada uno, etc…

Cada cual conoce su propio ritmo de aprendizaje. A nadie “se le aparece” un saber estudiando para una prueba o marcando una crucecita en el formulario de un examen. Aprendemos en los momentos más inesperados, y crecemos sin darnos cuenta aunque al mismo tiempo sabemos distinguir si estamos aprendiendo o estamos perdiendo el tiempo, y lo sabemos sin necesidad de notas: el aprendizaje es transformación y habitación del propio Yo, incluso del propio cuerpo, y claramente percibimos esos cambios.

Observamos, pues, estos formularios modernos que nos desprecian y nos aburren, leemos los textos neoliberales y hamburgueseros de las competencias y del tuning, pero observamos cómo los tratos humanos van desprestigiándose y deteriorándose. Si antes era un honor para un estudiante ser invitado a la casa de sus maestros, hoy se ve aquello como algo sospechoso. En algunas universidades norteamericanas tomar un café un académico con una alumna puede ser un delito. Es efectivo lo que señala George Steiner respecto a los maestros abusones y a los discípulos traicioneros, pero como él mismo anota, esos son los riesgos inherentes a toda relación humana. Cuando reducimos el riesgo reducimos la humanidad. El viejo encanto de la universidad va derivando en conocimiento chatarra.

En fin, si un profesor quiere realmente hacer lo correcto debe estar preparado para que las evaluaciones que resulten de los formularios sobre su desempeño no le salgan muy buenas. Y es que la médula de lo que realmente se enseña y se aprende, lo que nos transforma como personas, no aparece en las evaluaciones ni en las metodologías abstractas. El arte de la cocina, el arte de hacer familia, el arte de aprender y enseñar, el arte de ser personas íntegras, no son reducibles a competencias.

Por eso es que quienes enseñamos en las universidades públicas debemos luchar por nuestras convicciones. Buscamos la calidad, y nos sentimos obligados a actuar de manera transparente. Es nuestro deber. Sin embargo, eso no quiere decir que vamos a tirar a la basura nuestra gloriosa tradición humanista para reemplazarla por una carpeta digital con organigramas y formularios de evaluación abstracta. (por JGT. Hoy en El Mostrador) ______  ALGUNOS COMENTARIOS RECIBIDOS>>>> …. reproducido en: Blog de Hernán Montecinos __ Blog de Sergio Merino ___ Todopolítica ___ Alejo Díaz :::Mauricio Arancibia __blog comoaprendemos___ La KafeteraAlvaro Cabrera en su Facebook….. académicos por la UTEM __funcionarios de la U. de Talca (califican la columna de audaz)_ en plaxo, de V.H. Vera _ en twitter lo recomiendan Andrés Vesper___ , giorgio bertini, alejandro olivares